El asesinato del contrapeso de la ventana

Asesinato del contrapeso de la ventana de guillotina

Estamos acostumbrados ya a ver por televisión series de crimenes de todos los tipos en las que sale a relucir la creatividad del guionista plasmada en la mente del asesino. Asesinatos en serie, situaciones inverosímiles, móviles perfectos y formas que rayan en lo increíble. Siempre buscando ese crimen perfecto que luego se descubre de la manera más insospechada.

Tampoco es difícil encontrar en la vida real un asesinato que sea justo lo contrario: una continua cadena de errores, la mayoría de ellos básicos, que dejan claro desde el primer momento quien fue el causante de la muerte de la víctima. Lo que sí es difícil es que un crimen así ponga a toda la prensa tras el suceso y promueva a toda una legión de seguidores del caso. Tanto ruido generó que decenas de años después, aun se recuerda aquel caso…

El caso del asesinato del contrapeso de la Ventana de Guillotina

Los hechos

Con ese nombre tan rimbobante bautizó la prensa aquel asesinato, tan dada como es a poner siempre nombres que queden inmortalizados. Pero pongámosnos en situación…

Corría el año 1927, el verano del boom del béisbol en Norteamérica, o el año en que la aviación dio un triple salto mortal hacia delante representado en la figura de un carismático Charles Lindbergh.

Nos encontramos en Long Island, en un pequeño barrio donde vive el matrimonio Snyder. Allí, el 20 de marzo de aquel 1927, dormían juntos Albert Snyder y su esposa hasta que esta escuchó un ruido en el interior de su casa. Se levantó sin avisar a su marido y nada más salir de la habitación se topó con un gigante, según sus palabras, que de un solo golpe la dejó inconsciente.

Eran dos, también contó, uno de ellos extranjero, que se dirigieron hacia la cama, estrangularon al marido y luego le aplastaron la cabeza con el contrapeso de la ventana. Después, según se vio en la investigación posterior, revolvieron toda la casa y se llevaron las joyas de la esposa. Olvidaron, eso sí, un periódico en italiano, perfectamente doblado, en el salón.

Y con estas noticias, la mañana siguiente, el New York Times publicó la noticia a toda plana indicando que el móvil era un misterio y que la policía estaba perdida.

Hoy día puede parecer absurdo que un crimen cometido en un barrio, aparentemente motivado por un robo, pudiera darse esa cobertura mediática, pero aquel año de 1927 era también el de la explosión de la prensa, cuando todo el mundo estaba ávido por tener y leer noticias.

Las pruebas

Pronto las pruebas empezaron a mostrar que allí había gato encerrado. Para empezar era extraño que no hubiera muestras de que la cerradura de entrada a la casa hubiera sido forzada. También era extraño que si había habido una lucha con la esposa, el marido no se hubiera despertado, ni que lo hubiera hecho la hija que dormía al final del pasillo. Más extraño era que hubieran perdido tiempo en leer el periódico en el salón, y que lo hubieran dejado cerrado y doblado…

… pero lo que empezaba a apuntar hacia otro sospechoso inesperado era que el lado de la cama de la esposa estaba cubierto, como si ella no hubiera dormido en la cama, y, sobre todo, que cuando el médico examinó a la señora Snyder esta no tuviera el más mínimo signo de agresión.

Para colmo, la policía encontró las joyas bajo el colchón…

Los hechos reales

Al día siguiente la señora Snyder confesó, pero culpó también a su amante, Judd Grey, quien demostró ser todavía más inútil que ella. Al poco lo detuvieron, y el juicio, que fue relativamente rápido acaparó las portadas de toda la prensa estadounidense, en lo que era el comienzo del sensacionalismo, lo que hoy día vulgarmente llamamos prensa amarilla.

Durante las tres semanas de juicio, todos sus lectores se prendaron de la historia de ambos, y de como se perpetró aquel crimen que tuvo sus origenes diez años antes, cuando el señor y la señora Snyder se conocieron.

Él era diseñador gráfico, ella su secretaria. Surgió el flechazo, por parte de él. Ella hacía caso omiso de su insistencia, hasta que un día le regaló un anillo con una piedra preciosa muy valiosa. La rutilancia de aquella joya le hizo ver que el señor Snyder era un buen partido, de modo que se casaron, pero el supuesto amor duró poco.

Él era tranquilo y muy casero. Ella todo lo contrario. Pronto se aburrió de su vida de casa, de modo que se buscó diversión externa. Así, en 1925, conoció a Judd Gray, un representante comercial muy católico, casado y con una hija.

Ruth Snyder, que así se llamaba ella, pensó que no estaría mal que su marido tuviera un seguro de vida en el que, por supuesto, ella fuera la beneficiaria en caso de que algo le sucediera. Él, ingenuo, picó.

Poco a poco ella empezó a suministrarle veneno en las comidas y bebidas a su marido. Pero se resistía el buen hombre a irse al otro barrio. Ahí estaba Judd, su amante, pensaría ella. Y su cabeza dio en montar el que creía era el «crimen perfecto».

Judd Grey necesitaba una coartada, de modo que sacó un billete de tren a Siracusa, y allí se registró en un hotel donde lo vieron bastantes personas. Un amigo se encargó de deshacer la cama de la habitación, y hacer ruido dentro mientras él se escabulía del hotel por la noche y viajaba hasta Long Island. Cuando llegó, Ruth le abrió la puerta, Judd Gray se dirigó al dormitorio y luego sucedió lo que sucedió…

El instante del asesinato

No todo salió tan rodado. El primer golpe que le dio en la cabeza fue tan flojo que Albert Snyder se despertó y se agarró al cuello del amante para defenderse. Este le pidió ayuda a la señora Snyder, y Ruth retomó el contrapeso y le dio con más fuerza que su propio amante, al marido. Para rematarlo, agarraron el cable de la cortina y lo estrangularon entre los dos.

Entonces él la ató a ella, no demasiado fuerte pues no le dejó marcas, y para rematar la faena, dejó el periódico en el salón con la intención de que culparan a unos italianos que en aquel año se estaban haciendo famosos por sus prácticas mafiosas.

Al salir, Judd Gray tranquilamente tomó un taxi, se fue a la estación de tren, volvió al hotel en Siracusa y pasó el resto de la noche allí.

Pruebas determinantes

Cuando la policía comenzó a sospechar de la señora Snyder, por si no eran pocas las pruebas que quedaron en la casa y la inconsistencia de la declaración de ella, estaba el taxi. El taxista se acordaba perfectamente de Judd Gray y dijo que lo dejó en la estación. Preguntando en esta, llegaron hasta Syracuse, fueron al hotel y cuando entraron en la habitación donde dormía placidamente y aduciendo que había pasado toda la noche en la habitación, encontraron en la papelera el billete de tren de aquella misma noche.

Probablemente sea imposible cometer más errores, a cuál más absurdo, pero aquellas tres semanas fueron de una expectación inusitada que no solo sirvió para disparar las ventas de periódico y crear un nuevo tipo de prensa rentable, sino para congregar a cientos de personas expectantes, frente a los juzgados, deseosas de seguir las peripecias de tan peculiar pareja.

Algunas curiosidades del caso

Solo un apunte del alcance periodístico de aquel asesinato: fue la noticia que más cobertura y seguidores tuvo durante ocho años y tuvo que ser el secuestro y posterior asesinato del hijo de Charles Lindbergh el que le quitara ese sorprendente puesto. El asesinato se llevó, además, al cine y al teatro, en una obra, «Machinal» cuyo intérprete más conocido era un joven Clark Gable, que hizo las veces del amante.

La historia de ambos, incluso sirvió de base para escribir una obra tan famosa como «El cartero siempre llama dos veces» y para «Pactos de sangre», novela esta última que Billy Wilder usó como base para la película «Perdición», considerada por los expertos como la que inició el género de cine negro.

Y por si os preguntáis por el final de tamaño esperpento… evidentemente ambos fueron encontrados culpables y ejecutados.

Otros casos peculiares

John Gacy, el payaso asesino.

Elizabeth Short, la Dalia Negra.

Ken y Barbie, la pareja asesina.

Publicado en: Crimenes

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