Lanzarote y el ciervo del pie blanco

Lanzarote y Ginebra, pintura de Herbert James Draper

Lejos de Camelot, en un extraño castillo al que ha llegado tras cruzar un frondoso bosque, Lanzarote del Lago descansa desde hace varios días, atendido con gentileza por los criados de su anfitriona. No puede quejarse el caballero de la manera en que es tratado, pero se siente incómodo: percibe algo raro en el lugar.

Aunque todo resulta suntuoso y brillante, cuando se adentra en algunos pasillos, especialmente aquellos más largos, le parece divisar al fondo vagas sombras, entre las cuales se divisa una realidad muy diferente: muros de piedra vieja y sucia, muebles carcomidos, candelabros llenos de óxido… Al acercarse, las sombras se van y todo vuelve a ser lujoso e impoluto, pero queda en el caballero un ligero poso de inquietud.

Sin embargo, todas las preocupaciones desaparecen del corazón de Lanzarote cuando se encuentra en compañía de su anfitriona, la hermosa dama que gobierna el castillo y organiza en su honor deliciosas veladas que un trovador ameniza interpretando canciones corteses. Tras cenar, la conversación siempre gira en torno al amor y sus entresijos. Tal es la insistencia en el tema, que a Lanzarote le parece entrever en ella una insinuación por parte de su anfitriona. Y no le desagrada la idea, pues se siente atraído por esa cautivadora mujer de ojos verdes.

Una noche, la conversación derivó hacia el asunto de las pruebas de amor, ocasión que el caballero aprovechó para preguntar a la dama con mal disimulado interés:

―¿Cuál consideráis vos, amable señora, que es la prueba que un humilde caballero debe dar a una dama que sin duda lo supera en nobleza?

―Se trata de una pregunta compleja ―respondió ella―, pero creo que el caballero ha de realizar alguna hazaña en la cual demuestre un valor excepcional. Por ejemplo, he de contaros que en este castillo vivió hace tiempo un rey que tenía tres hijos y a los tres castigó con una maldición. El primero se convirtió en perro, y pasó toda su existencia atado en el patio al que da esa ventana que tenéis enfrente. El segundo se transformó en moro, y marchó de este lugar para no volver más. El tercero se volvió ciervo, y desde entonces vaga por los bosques que rodean al castillo. Pero no se trata de un ciervo normal, sino de una criatura monstruosa que ataca a los habitantes de estas tierras y asola la región. El caballero que acabase con él ―remarcó la dama, mirando fijamente a Lanzarote― sería digno sin duda del amor de cualquier mujer, por noble que esta fuese.

―Comprendo ―dijo Lanzarote, y ya no habló más durante el resto de la velada.

A la mañana siguiente, el caballero pidió que lo armaran y le trajeran su caballo, tras lo cual salió al bosque dispuesto a matar al ciervo. Cabalgó entre la espesura siguiendo caminos intrincados, sin hallar rastro del ciervo ni de apenas ningún otro ser viviente hasta que al fin topo con un ermitaño.

―Decidme, buen hombre ―preguntó al anciano―, si sabéis en donde puedo encontrar al ciervo monstruoso que castiga esta tierra, pues me he propuesto cazarlo aunque me cueste la vida.

Lanzarote y un ermitaño

―Mejor haríais en no buscar a ese terrible ser al que nadie ha logrado vencer y que con deleite se come las manos de los rivales a los que vence. De ellas solas se alimenta, así que imaginaos a cuantos hombres habrá matado hasta ahora. En verdad que quien os ha enviado en su busca no estima demasiado vuestra vida. Sin embargo, noble caballero, no me corresponde a mí deciros lo que debéis hacer. Si de verdad queréis encontrarlo, lo hallaréis tras esa loma de ahí enfrente, durmiendo ante un manantial de agua fría. No tendréis dificultad en reconocerlo, ya que sus cuatro pezuñas son de color blanco.

Lanzarote dio las gracias al ermitaño, y tras despedirse de él desenvainó su espada y salió al trote loma arriba. Al otro lado se encontraba la fuente y el ciervo, que despertó de su sueño al oír el estruendo de los cascos del caballo. Se entablo entonces un encarnizado combate entre Lanzarote y la bestia, durante el cual esta se comportó con una fiereza impropia de su especie y que no parecía cosa de este mundo. De no haber sido Lanzarote el más diestro caballero de la corte del rey Arturo, tal vez hubiese perdido el combate, pero no fue así, y finalmente logró asestarle al monstruo un tajo que lo dejó a las puertas de la muerte.

―Por favor ―imploró entonces el ciervo del pie blanco―, no me matéis, o la que nos hechizó a mí y a mis hermanos podrá disfrutar al fin de lo que con su siniestra magia nos robó.

Pero ya era tarde, y antes de que Lanzarote pudiese preguntarle nada, el animal exhaló una última bocanada de aire y murió.

En aquel lugar del bosque, el caballero excavó un hoyo en el cual enterró el cuerpo del ciervo. Frente a la improvisada tumba rezó una oración por su alma. Después montó en su caballo y, taciturno, emprendió el camino de regreso a Camelot.

Así termina la leyenda de Lanzarote y el ciervo del pie blanco, al menos en mi versión, para la cual me he basado (tomándome bastantes libertades) en un romance popular que se puede leer en Romancero de la cuesta del zarzal, una interesantísima página sobre el romancero popular español, y en el artículo de Diego Catalán que lo acompaña.

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La leyenda del Rey Arturo

Publicado en: Leyendas

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