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Archive for the ‘Mitología azteca’

Tezcatlipoca, el dios del espejo humeante

Junio 15, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Mitologia No Comments →

En los tiempos míticos, el tiempo mismo se difumina en mythos y como una niebla iridiscente los restos de lo causal se dispersan y construyen laberintos de azar y de contingencia, auténticas veredas hacia el misterio más pleno: el insondable espacio sagrado, el triunfo de la posibilidad sobre el hecho escueto que nunca se da como tal.

De allí justamente brotan las jubilosas figuras de las deidades prehispánicas, y de entre ellas destaca sobremanera la del gran dios Tezcatlipoca.

Tezcatlipoca

Su nombre quiere decir “espejo humeante” en náhuatl, pero también se le conoce como Telpochtli, es decir “el mancebo” ; o también Yoalli Ehecatl “viento nocturno” así como Titlacahua “ cuyos hombres somos “ y Moyocoyani “ que expresa “el que se inventa a sí mismo”.

Es realmente asombroso, el modo en el que este siniestro numen, Tezcatlipoca, se asemeja al Dionisos de los antiguos griegos: ambos se identifican en lo diverso, o más precisamente como un reflejo disperso, teniendo al espejo como uno de sus símbolos privilegiados, en el cual ambos dioses se contemplan llenos de fascinación; su esencia divina esparcida en terrenales existencias; ambos son el mancebo celestial, el joven maestro de otredades, de enigmas perennemente irresolutos que concentran el nombre secreto de la realidad en su ser complejo e infinito.

De Tezcatlipoca, el dios del espejo humeante, apunta Sahagún:

era tenido por verdadero e invisible, el cual andaba en todo lugar, en el cielo, en la tierra, y en el infierno…y decían: él es el único que entendía acerca del regimiento del mundo, y que sólo daba las prosperidades y las riquezas, y que él sólo las quitaba cuando se le antojaba.”

A Tezcatlipoca se le representaba como un joven con taparrabo y el rostro y las piernas pintadas a rayas. En la cabeza ostentaba un tocado de pedernales, también orejeras de oro en espiral. Además lucía brazaletes de plumas preciosas y muy coloridas. En la espalda cargaba un adorno elaborado de plumas de quetzal, así como un escudo en la mano, también de plumas y una bandera ritual de papel.

Tezcatlipoca es una de las deidades más veneradas y fascinantes de todo el mundo prehispánico.

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La sonrisa de Tepoztecatl

Junio 12, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Mitologia, Leyendas No Comments →

En el corazón de la provincia central mexicana, en el estado de Morelos, se yergue la imponente silueta del místico cerro del Tepozteco. El pintoresco pueblo de Tepoztlán se resguarda bajo sus graves sombras. Este lugar es un sitio sui géneris, en donde intelectuales, esoteristas, ufólogos , pintores, escritores, intelectuales, indigenistas, turistas mexicanos y de otras varias naciones, encuentran una atmósfera multifacética y rica, en donde la influencia prehispánica, los riqueza arquitectónica colonial, y el ambiente cosmopolita y altamente cultural que impregna el pueblecillo, lo tornan irresistible y mágico en grado sumo.

Tepoztlan1

Y el cerro del Tepozteco, que corona el cinturón de formaciones rocosas de la zona, guarda muchas historias, anécdotas y leyendas desde los tiempos de silvestre sortilegio de los antiguos mexicanos.

Uno de esos relatos cuenta acerca de una doncella que acostumbraba bañarse en una barranca del lugar. En aquel sitio se decía que a las doncellas “les llegaban aires”, y tal fue el caso de esta joven de la leyenda que comentamos: pronto quedó encinta. La familia avergonzada y furiosa, hizo varios intentos por deshacerse del recién nacido. En una ocasión lo arrojaron desde una las alturas contra unas rocas, sin embargo los vientos lo hicieron levitar suavemente hasta una llanura cercana; en otra oportunidad, fue abandonado en una zona de magueyes, pero en un instante las pencas se inclinaron hasta llegar a sus labios demandantes de niño, para dejarle beber el dulce aguamiel. En otra tentativa por acabar con la vida del niño, fue puesto al alcance de las hormigas gigantes, mas éstas bestias, lejos de picarlo, se dedicaron a alimentarlo solícitamente…

Pero un matrimonio de ancianos, que descubrió al bebé, lo adoptó. Este infante milagroso se trataba de Tepoztécatl, el gran patrono del pueblo de Tepoztlán. Próxima a la casa de Tepoztécatl habitaba Mazacuatl, una temida serpiente de Xochicalco, a la que la gente del lugar daba de comer por medio de la ofrenda humana de ancianos.

En cierta infausta ocasión, los señores del pueblo anunciaron al viejo que adoptó a Tepoztécatl que debía ser sacrificado a esta monstruosa serpiente. Tepoztécatl decidió aventurarse sacrificio en lugar de su anciano padre a fin de salvarle la vida. Se dirigió a Xochicalco, y en su ruta fue juntando aiztli, es decir fragmentos filosos de obsidiana, que iba depositando en su mochila. Al arribar a Xochicalco se expuso ante Mazacuatl, el ofidio coloso, que lo engulló sin demora. Poco después, en el interior del estómago de Mazacuatl, el gran Tepoztécatl usó todos los aiztli, para desgarrar las entrañas de la horrida bestia.

Mientras volvía al hogar, se encontró con una fiesta en la que hacían sonar el teponaxtli, tambores prehispánicos, y chirimías, flautas folklóricas. Tepoztécatl anheló tocar estos instrumentos y, al serle vedado, diseminó una tormenta que arrojó arena y guijarros a los ojos de todos. En el momento en el que pudieron reaccionar los celebrantes, el niño se había esfumado con los instrumentos: se oía a los lejos el sonido de ambos.

El niño divino arribó por fin a Tepoztlán y se hizo de los cerros más altos. Se colocó sobre el cerro Ehecatépetl. Tepoztécatl gozó de amplia consideración en su pueblo natal y fue designado Señor de Tepoztlán y sacerdote del ídolo Ometochtli (Dos Conejo). Pero años después desapareció, no se sabe si murió o se fue a otra parte, pero hay quienes dicen que se fue a vivir junto a la pirámide, para siempre.

Tepoztlan2

Y allí sigue la pirámide, en la cima del cerro Tepozteco y sólo los más tenaces y resistentes viajeros logran subir allí, para ver el milagro absoluto del mundo en el espectáculo grandioso de la lejanía y el horizonte jubiloso ondulando al compás de teponaxtles y chirimías con acordes de silencios y enigmas.

Y entonces el dios, oculto en el corazón del mundo, sonríe.

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Ehecatl y los Ehecatotontli

Junio 05, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Tradiciones, Mitologia No Comments →

Ehécatl quiere decir “viento” en náhuatl, y se refiere a la vez, al dios del viento de los prehispánicos. Corresponde a una de las advocaciones del célebre Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, y expresa el aspecto sombrío y letal de este dios, en general bondadoso. Su jeroglífico en los códices y relieves presenta un rostro humano con barba, pico y un ojo de muerto fuera de la órbita, que acaso aluda a un astro.

Frecuentemente era representado con una máscara bucal roja en forma de pico. Utilizándola limpiaba el camino para Tlaloc, dios de la lluvia, y los Tlaloque, dioses menores de la lluvia. También a veces se le representaba con dos máscaras. Muestra un caracol en el pecho, puesto que el viento es utilizado para hacer sonar el caracol, que asemeja el sonido del viento. Su aliento sonoro motiva el movimiento del Sol, anuncia y hace a un lado a la lluvia.

Ehécatl

Proporciona vida a lo que está inerte. Ehécatl se enamoró de una muchacha humana de nombre Mayáhuel, y brindó a los hombres la capacidad de amar para que ella pudiera corresponderle a su ardorosa pasión. Su sentimiento amoroso se ha simbolizado con un árbol bello y frondoso, que crece en el lugar en el que arribó Ehécatl a la tierra. De acuerdo al mito azteca, tras la creación del quinto sol, éste estaba quieto en un lugar del cielo, al igual que la luna, hasta que el dios Ehécatl soplo sobre ellos y les motivo su movimiento. Los templos de Ehecatl comúnmente poseían forma circular, a fin de tener menor resistencia al viento y facilitar su circulación. En ocasiones especiales se le asociaba con los cuatro puntos cardinales, pues el viento viene y va en todas direcciones.

El viento por ser invisible requiere de una representación metafórica. Algunos dicen que los Ehecatotontli son “los vientecillos”, pero más bien son las múltiples partículas de energía que constituyen el aire, y mismas que le dan movimiento. A semejanza de Ehecatl, pero tan pequeños que son invisibles, los Ehecatotontli se reproducen por millares y forman culebras de aire, ráfagas, vendavales, borrascas, golpes de viento, trombas, según cuántos sean y con qué intensidad actúen. Se les rinde culto mediante pequeñas estatuillas con cara de niño, que se colocan en los santuarios de los montes, casi siempre ubicados en las cimas.

Ehécatl2

- Fuentes:

  • Adela Fernández, Dioses Prehispánicos de México; panorama, México, 1985

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Ometeotl, el dios que se hizo a sí mismo

Junio 03, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Mitologia, Leyendas No Comments →

La deidad primordial que de la nada misma se gestó, el que por haber sido inventor de sí mismo no precisa justificación ontológica alguna, se llama Moyocoyani, “el que se creó a sí mismo”. Esta entidad se pensó y se inventó para constituir el principio y generar todo lo que a la postre llegó a existir. Queda denominado y definido por la profunda noción in nelli teotl, “dios verdadero” que se refiere a aquel fundado, cimentado en sí mismo. Es el verbo de la creación y está constituido por el ollin, “movimiento” y las sustancias cósmicas.

Ometecuhtli

Conformado por el todo, se reúnen con él los opuestos, lo antagónico y por lo tanto es genitor del caos, pero como principio de la inteligencia es también el armonizador, el ordenador. Si bien es espíritu y materia (energía), fuego y agua, blanco y negro, estatismo y movimiento, caos y orden, vida y muerte, creador y destrucción, consecuentemente al acoplar en sí mismo las fuerzas contrarias de lo positivo y de lo negativo, es dual. Por eso se llama Ometeotl, “Dios de la dualidad” y vive en el Omeyocan, donde convergen los opuestos, el todo.

Por su naturaleza misma, Ometeotl es masculino y femenino y así se manifiesta simultáneamente como Ometecuhtli “Señor de la dualidad” y Omecihuatl “Señora de la dualidad”, y son la Pareja Creadora, dioses de la creación y de la vida.

También recibía el nombre de Tloque Nahuaque “dueño del cerca y del lejos”. Era la divinidad suprema y el principio de todo lo que existe. No intervenía directamente en los asuntos humanos. Se dedicaba a reposar y meditar en el Omeyocan, su morada divina, mismo sitio que estaba situado en la parte superior de los trece cielos. Allí se creaban también a los niños que nacerían posteriormente en la tierra.

Bibliografía

  • Yolotl Gonzalez Torres, Diccionario de Mitología y Religión de Mesoamérica, Larousse, México, 1995
  • Alfonso Caso, El Pueblo Sol, FCE, México, 1953

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Nanahuatzin y Tecuciztecatl en la Ciudad Sagrada

Mayo 29, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Mitologia No Comments →

Decían que antes que hubiese día en el mundo que se juntaron los dioses en aquel lugar que se llama Teotihuacan, que es el pueblo de San Juan, entre chiconauhtlan y Otumba; dijeron los unos a los otros dioses “¿Quién tendrá cargo de alumbrar al mundo?

Luego a estas palabras respondió un dios que se llamaba Tecuciztécatl y dijo: “Yo tomo el cargo de alumbrar al mundo”. Luego otro vez hablaron los dioses, y dijeron: “¿Quién será el otro?”

Luego se miraron los unos a los otros, y conferían quién sería el otro, y ninguno de ellos osaba ofrecerse a aquel oficio; todos temían y se excusaban.

Uno de los dioses de que no se hacía cuento pero buboso, no hablaba sino oído lo que los otros dioses decían, y los otros habláronle y dijéronle: “Sé tú el que alumbres, bubosito”. y él de buena voluntad obedeció o lo que le mandaron y respondió: “En merced recibo lo que me habéis mandado, sea así”.

Tonatiuh

Y luego los dos comenzaron a hacer penitencia cuatro días, y luego encendieron fuego en el hogar, el cual era hecho en una peña que ahora llaman teotexcalli.

El dios Tecuciztécatl todo lo que ofrecía era precioso. En lugar de ramos ofrecía plumas ricas que se llamaban quetzcalli, y en lugar de pelotas de heno ofrecía pelotas de oro, y en lugar de espinas de maguey ofrecía espinas hechas de piedras preciosas, y en lugar de espinas ensangrentadas ofrecía espinas hechas de coral colorado; y el copal que ofrecía era muy bueno.

Y el buboso, que se llamaba Nanauatzin, en lugar de ramos ofrecía cañas verdes atados de tres en tres, todos ellos llegaban a nueve; y ofrecía bolas de heno y espinas de maguey, y ensangrentábalas con su misma sangre; y en lugar de copal ofrecía las postillas de los bubas.

A cada uno de estos se les edificó una torre, como monte; en los mismos montes hicieron penitencia cuatro noches. ahora se llaman estos montes tzaqualli, (y) están ambos cabe el pueblo de San Juan que se llama teotihuacan.

Después que se acabaron las cuatro noches de su penitencia, luego echaron por allí los ramos y todo lo demás con que hicieron penitencia.

Esto se hizo al fin, o al remate de su penitencia, cuando la noche siguiente o a la medianoche habían de comenzar o hacer sus oficios; antes un poco de la medianoche, diéronle sus aderezos al que se llamaba Tecuciztécatl; diéronle un plumaje llamado aztacómitl, y una jaqueta de lienzo; y al buboso que se llamaba Nanauatzin tocáronle la cabeza con papel, que se llama amatzontli, y pusiéronle uno estola de papel y un maxtli de papel; y llegada la medianoche, todos los dioses se pusieron en rededor del hogar que se llama teotexcalli: en este lugar ardió el fuego cuatro días.

Ordenáronse los dichos dioses en dos rencles, unos de la una parte del fuego y otros de la otra; y luego los dos sobredichos se pusieron delante del fuego, los coros hacia el fuego, en medio de las dos rencles de los dioses.

Los cuales todos estaban levantados, y luego hablaron los dioses y dijeron o Tecuciztécatl; “¡Ea pues, Tecuciztécatl, entro tú en el fuego”! Y él luego cometió pero echarse en el fuego; y como el fuego era grande y estaba muy encendido, como sintió el gran calor del fuego hubo miedo, y no osó echarse en el fuego y volvióse atrás.

Otra vez tornó para echarse en el fuego haciéndose fuerza, y Ilegando detúvase, no osó echarse en el fuego; cuatro veces probó, pero nunca se osó echar. Estaba puesto mandamiento que no probase más de cuatro veces.

De que hubo probado cuatro veces los dioses luego hablaron o Manauatzln y dijéronle: ‘lEa pues, Manauatzln, prueba tú!” .

Y como le hubieron hablado los dioses, esforzóse y cerrando los ojos arremetió y echóse en el fuego, y luego comenzó a rechinar y respendar en el fuego, como quien se asa; y como vio Tecuclztécatl que se había echado en el fuego, y ardía, arremetió y echóse en el fuego.

Y dizque luego una águila entró en el fuego y también se quemó, y por eso tiene las plumas hoscas o negrestinas; a la postre entró un tigre y no se quemó, sino chamuscóse y por eso quedo manchado de negro y blanco.

De este lugar se tomó la costumbre de llamar a los hombres diestros en la guerra quauhtlacélotl y dicen primero quauhtli, porque el águila primero entró en el fuego; y dícese a la postre océlotl porque el tigre entró en el fuego a la postre del águila.

Después que ambos se hubieron arrojado en el fuego, y después que se hubieron quemado, luego los dioses se sentaron a esperar de qué parte vendría a salir el Nanauatzin.

Después que estuvieron gran rato esperando, comenzóse a parar colorado el cielo y en todas partes apareció la luz del alba.

Y dicen que después de estos los dioses se hicieron de rodillas para esperar a dónde saldría Nanauatzln hecho sol: a todas partes miraron volviéndose en rededor, mas nunca acertaron a pesar, ni a decir qué parte saldría; en ninguna cosa se determinaron; algunos pensaron que saldría de la parte del norte y pararónse a mirar hacia él; otros hacia mediodía; a todas partes sospecharon que había de salir, porque a todas partes había resplandor del alba; otros se pusieron a mirar hacia el oriente, y dijeron aquí, de esta parte, ha de salir el sol. El dicho de él fue verdadero.

Dicen que los que mlraron hacia el oriente fueron Quetzalcóatl, que también se llama Ehécatl, y por otro nombre Anahuatlitecu y por otro nombre Tezcatlipoca el rojo; y otros que se llaman Mimixcoa, que son innumerables; y cuatro mujeres, la una se llama Tiacapan, la otra Teicu, la tercera Tlacoyehua , la cuarta Xocoyotl.

Y cuando vino a salir el sol, apareció muy colorado, parecía que se contoneaba de una parte a otra; nadie lo podía mirar, porque quitaba la vista de los ojos, resplandecía y echaba rayos de si, en gran manera; y sus rayos se derramaron por todas partes; y después salió la luna, en la misma parte del oriente, a par del sol: primero salió el sol y tras él salió la luna; por el orden que entraron en el fuego por eI mismo salieron hechos sol y luna.

Fuente: Códice Florentino , libro VII , capítulo 2
Códice Matritense de Real Palacio , folio 161 v y siguiente, Traducción Angel María Garibay

http://mexica.ohui.net/textos/2/

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Chicomecoatl, La Gran Diosa del Maiz

Mayo 28, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Tradiciones, Mitologia No Comments →

Chicomecoátl, palabra náhuatl que quiere decir “Siete Serpiente”, era el nombre de la gran diosa del maíz. Sahagún equipara a esta divinal figura con la Ceres de la Roma antigua, y acerca de ella destaca lo siguiente: “…era la diosa de los mantenimientos, así de lo que se come como de lo que se bebe… debió ser esta mujer la primera que comenzó a hacer pan y otros manjares y guisados. La pintaban con una corona de papel en la cabeza, y en una mano un manojo de mazorcas y en la otra una rodela con una flor de sol, su falda y blusón adornados con flores acuáticas”.

Chicomecoátl1

De acuerdo a un canto dedicado a su reverenciada presencia, se sabe que vivía en el celestial y paradisiaco jardín Tlalocan, y que cuando culminaba la fructificación del maíz, retornaba a su plácido hogar. A su templo se le conocía como Chicometeótl iteopan y se le celebraban ritos principalmente en el mes de huey tzoztli o “la gran vigilia”. Los aztecas le dedicaban muchas ofrendas, consistentes más que nada en alimentos, que colocaban a los pies de los dioses particulares de las casas y de los templos. A la postre todo era llevado al templo propio de Chicomecoátl, en donde los alimentos eran degustados por los asistentes. Luego, en otra jornada, (en el mes de esta divinidad, el Ochpaniztli) los sacerdotes designados para llevar a cabo el ceremonial de la diosa Chicomecoátl, se disfrazaban con las pieles de los prisioneros cautivos, sacrificados un día antes y se situaban en las alturas de un templete desde donde lanzaban a la gente del pueblo, los fieles allí congregados, semillas de maíz y calabaza, de colores variopintos. Las hermosas doncellas que cuidaban del templo de la diosa, lucían brazos y piernas ornamentados con plumas, y sus núbiles rostros con marmaja. Ellas llevaban en la espalda siete mazorcas de maíz untadas de hule y protegidas con papel. Precisamente a partir de estas mazorcas se conseguían las semillas para el sagrado ritual del año venidero. Completando este ceremonial se ungía a una mujer joven que tenía el cometido de encarnar a la diosa Chicomecoátl. Portaba además, en la frente, una pluma verde, simbolizando una espiga de maíz; luego, al anochecer le cortaban la pluma junto a la cabellera y los ofrecían a la imagen de la diosa. Por la mañana, en el punto culminante de los festejos para Chimecoátl , se sacrificaba a esta joven y a varios cautivos sobre las mazorcas, en aras de la fertilidad y la prosperidad continua de las cosechas y del gran pueblo mexica.

Fuentes:

González Torres Yolotl , Diccionario de Mitología y religión de Mesoamérica, Larousse, México, 1995

http://es.wikipedia.org/wiki/Chicomec%C3%B3atl

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En las profundidades del Tlalocan

Mayo 13, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Mitologia 2 Comments →

El Tlalocan en la mitología náhuatl era el paraíso del dios de la lluvia, el gran Tlaloc. A este sitio fértil y colmado de verdor arribaban los seres que habían fallecido en algún acontecimiento de cualquier naturaleza, pero relacionado con el agua, por ejemplo los ahogados, o aquellos quienes murieron a consecuencia del contacto fulminante de un rayo.

Era un lugar de sortilegio sobrenatural que se hallaba rumbo al Oriente, región donde abundaban los alimentos, territorios donde los habitantes dichosos, parecían estar siempre en estado de Jauja, saciados y alegres entre danzas y cantos. En un famoso fresco de Teotihuacan, la ciudad sagrada, se representa este lugar de Otredades exquisitas y bienaventuranza sin límites.

Tlalocan1

En el Tlalocan también se recibía a los desdichados que perdían la vida por causa de la terrible enfermedad de la lepra. El Tlalocan es en esencia, un enclave apacible, repleto de vegetación en donde crecen toda clase de árboles frutales, también maíz, chía, frijoles y otras maravillas. La vida allí es plenamente feliz.

Se guardan descripciones de esta divina morada del dios Tlaloc- uno de los más importantes del panteón azteca, junto al Colibrí Zurdo, Huitzilopochtli- gracias a los escritos hechos por el padre Sahagún de testimonios que escuchara en palabras de los propios indígenas mesoamericanos.

Este era el hogar del dios Tlaloc, aquí mora con sus ayudantes, los Tlaloques, geniecillos que se situaban en las cuatro esquinas del mundo y donde se afanan para sostener unos jarros en donde se concentran diferentes tipos de lluvia: las que brindaban prosperas cosechas, las que las malograban, las que generaban heladas, las que producían tormentas, etc. En el instante en el que los Tlaloques chocaban sus recipientes estos generaban los truenos y cuando las impactaban hasta romperlas se suscitaban los pavorosos rayos.

Tlaloc siempre vigilante de esto, con su máscara de anteojos de serpientes entrelazadas, su rostro pintado de amarillo triste, su ropa orlada de gotas de hule, gotas de lluvia en símbolo. Y sus enormes fauces bestiales formando una entrada secreta al inframundo, algo que bien advirtieron los Olmecas en sus representaciones de este numen: la ruta al paraíso también lleva a veces al infierno.

¡Ah! Ve a todas partes.
!Ah¡ Ve, extiéndete en el Poyauhtlan.
Con sonajas de nieblas
es llevado al Tlalocan.

Tomado del himno a Tlaloc. Tlaloc Icuic.

Tlaloc

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La Serpiente Emplumada, los Hombres y el Maíz

Mayo 06, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Tradiciones, Mitologia 1 Comment →

En la aurora de los tiempos, la verdad aún es inocente y se expone sin más. Luego, desde esta perspectiva inmemorial, quizá lo auténticamente divino fuera lo humano, así en su talante más natural y manifiesto. El Prometeo griego así nos lo traduce en su generoso sacrificio. Su altruismo heroico tan personal.

Como veremos a continuación, lo mismo sucede con la serpiente emplumada, Quetzalcoatl, muy venerada deidad de los antiguos pueblos de Mesoamérica, en su ayuda a la gestación de lo humano y además su mítica ofrenda del maíz, descubrimiento vital para los primeros hombres.

Qutezalcoatl1

En la ciudad sagrada se congregaron los dioses más importantes para conciliar, entre ellos estaban los consternados Citlalinicue, Citlaltonac, Apantecuchtli, Tepanquizqui, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca. Debatieron acerca de quién habitaría la recién cimentada tierra, bajo los cielos inmensos apenas forjados. Entonces Quetzalcoatl se avino a resolver prácticamente, el tortuoso dilema. Descendió a Mictlan, el reino de ultratumba, y solicitó a su monarca, el gran Mictlantecuhtli, que le entregase los huesos preciosos que tenía guardados para sí.

—¿Qué harás con ellos, Quetzalcóatl?

Y una vez más dijo (Quetzalcóatl):

—Los dioses se preocupan porque alguien viva en la tierra.

Y respondió Mictlantecuhtli:

—Está bien, haz sonar mi caracol y da vueltas cuatro veces alrededor de mi círculo precioso.

Pero el caracol divino no tiene orificio para soplar. Quetzalcoatl acude al auxilio de sus aliados los gusanos, estos perforan el duro caracol y lo dejan listo. Quetzalcoatl llama ahora a las abejas que penetran por los agujeros del caracol y le hacen emitir con su zumbido en ecos el místico sonido deseado. Ante esto el siniestro Mictlantecuhtli, señor de los muertos, debe ceder. Le entrega los huesos mágicos a Quetzalcoatl. Pero en seguida, en la negrura de su máscara de cráneo, se gesta la traición. Le ordena a sus servidores que detengan a Quetzalcoatl en su partida, puesto que no ha de llevarse el tesoro preciado.

Ante esto Quetzalcoatl decide llevar a cabo una singular estratagema, le solicita a su nahual, a su doble silvestre y animal, que acuda con los sirvientes del señor de los muertos para avisarles que el mismo irá a devolverlos. El nahual a gritos, así lo anuncia.

Pero Quetzalcoatl no lo lleva a cabo; ha ganado tiempo, ha hecho un atado con los huesos de hombre y de mujer mezclados para ahora tratar de huir, finalmente, de la sombría Mictlan.

Mictlantecuhtli furioso, se lamenta:

—Dioses, ¿de veras se lleva Quetzalcóatl los huesos preciosos? Dioses, id a hacer un hoyo.

Y sus sirvientes divinos obedecen: cavan una fosa en la tierra calcinada. Quetzalcoatl al intentar sortearlo, es sorprendido por una codornices que lo asustan. La Serpiente Emplumada muere de espanto. Cae en la fosa. Los huesos se disgregan en torno suyo, luego son roídos por las codornices voraces.

Quetzalcoatl revive entonces y pide consejo a su nahual, su doble en la otredad:

—¿Qué haré, nahual mío?

Y este le respondió:

—Puesto que la cosa salió mal, que resulte como sea.

Quetzalcoatl vs Tezcatlipoca

De esta manera Quetzalcoatl reúne los huesos y sale por fin de Mictlan. Algún tiempo después arriba con su preciada carga a Tamoanchan, lugar sagrado y de sortilegio perenne. Allí la gran Cihuacóatl, patrona de la fertilidad, le ayuda, moliendo los huesos. A continuación esparcen el polvo sobre un barreño mágico. Quetzalcoatl entonces punza su miembro y rocía de la herida practicada, abundante sangre sobre el polvo. De la mezcla surgen los primeros hombres. Quetzalcóatl y los demás dioses velan y hacen penitencia sobre el prodigio obtenido.

Luego proclaman:

—Han nacido, oh dioses, los macehuales (los merecidos por la penitencia).

Pero los humanos, los macehuales, precisan de alimento.

A esto Quetzalcoatl ha observado a una hormiga huir con un grano de maíz en su espalda para internarse con él en la Montaña de Nuestro Sustento. Quetzalcoatl interroga a la hormiga sobre la procedencia del maíz, pero el insecto se rebela y no le confiesa nada. Al final cede: le mostrará el sitio deseado al dios. Quetzalcoatl se transforma en una hormiga negra, y junto con la hormiga roja recuperarán un gran caudal de grano. A continuación Quetzalcoatl lo lleva hasta Tamoanchan donde dioses y hombres comieron hasta saciarse.

(Citas del Códice Chimalpopoca , Leyendas de los soles , folio 77, trad. Miguel Leon Portilla)

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El nacimiento del Dios Colibrí

Mayo 01, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Tradiciones, Mitologia No Comments →

En el México antiguo, en Anahuac, el ombligo del mundo, Huitzilopochtli era el numen principal de los mexicas; el colibrí zurdo, aquel que condujo al pueblo elegido de las diversas tribus nahuas, el pueblo Azteca, desde la misteriosa isla de Aztlan hasta el altiplano mexicano donde se cimentaría la gloriosa Tenochtitlan, allí donde gobernaría el mundo mesoamericano entero.

El mito del nacimiento de Huitzilopochtli nos habla acerca de cómo estos hombres se hallaban inmersos en un universo sobrecargado de sentido: cada respiro suyo, era una ofrenda, cada sueño un contacto místico. Espléndidamente aislados durante milenios, desarrollaron una cosmovisión muy particular y valiosa, porque nos sumerge en ámbitos asombrosos de pensamiento en Otredad, diferente por completo al desarrollado por la razón greco romana, la del cristianismo europeo, la nuestra aún hoy.

Huitzilopochtli1

En Coatepec, la montaña sagrada, cerca de Tula ciudad imponente, una mujer admirable, Coatlicue, la de la falda de serpientes, hacía penitencia barriendo el templo. Súbitamente una pequeña bola de plumas cayó del cielo. Coatlicue la colocó en su seno, sin pensarlo. En ese justo instante quedó embarazada. Indignados, su hija Coyolxauhqui y sus demás hijos los Cuatrocientos Surianos, decidieron tomar venganza de su madre Coatlicue por esta afrentosa circunstancia. La madre se afligió mucho ante tal amenaza, empero, Huitzilopochtli, quien era el que se hallaba gestándose en su vientre, le consolaba hablándole desde allí: “-No temas; yo sé lo que tengo que hacer.”

Uno de los Surianos, Cuahuitlicac, tomó partido por su hermano nonato. Él le brindaba información acerca de los lugares a los que iban arribando Coyolxauhqui y los demás, a fin de alcanzar a su madre para castigarla. “Ya están en Tzompantitlan,ya en Coaxalpan, los veo en la propia cuesta de la montaña, ahora están aquí.”

En ese momento nació el dios Huitzilopochtli, rápidamente se procuró sus atavíos guerreros: su escudo de plumas de águila; sus dardos; su lanza-dardos azul, turquesa, su divino color. Pintó su rostro con franjas diagonales. Sobre su cabeza fijó plumas finas, además se colocó sus orejeras. En uno de sus pies, el izquierdo, que era enjuto, llevaba una sandalia cubierta de plumas. Sus piernas y brazos bañados de turquesa también.

Huitzilopochtli blandió su arma letal, la serpiente hecha de teas, la Xiuhcoatl, con ella hirió a Coyolxauhqui, le cercenó la cabeza, la cual rodó hasta quedar abandonada en la ladera de Coatepec. El cuerpo de Coyolxauhqui se disgregó hacia todos los rumbos posibles.

Luego el Dios Colibrí se irguió, persiguió a los Cuatrocientos Surianos, los acosó cual si fuesen conejos, en torno de la montaña sagrada. Cuatro veces los obligó a rodearla a fin de huir de su furia belicosa. En vano trataban de ofrecer defensa alguna contra él, ni siquiera al son de los cascabeles y ni al golpear de sus escudos.

Coyolxauhqui1

Sólo unos cuantos pudieron escapar de su ominosa presencia, del furor de sus manos batalladoras. Se dirigieron hacia el sur, por eso se llaman los Surianos, los pocos que huyeron de Huitzilopochtli. A los fenecidos, el Dios Colibrí les quitó sus atavíos, sus adornos, su anecúyotl, se los apropió, los incorporó a su destino, hizo de ellos sus propias insignias.

“Y este Huitzilopochtli, según se decía, era un portento, porque sólo una pluma fina, que cayó en el vientre de su madre, Coatlicue, fue concebido. Nadie apareció jamás como su padre. A él lo veneraban los mexicas, le hacían sacrificios, lo honraban y servían. Y Huitzilopochtli recompensaba a quien así obraba. Y su culto fue tomado de allí, se Coatepec, la montaña de la serpiente, como se practicaba desde los tiempos antiguos.” (De los informantes de Fray Bernardino de Sahagún)

Hoy es factible comprender, en este relato mítico, una lectura de la victoria cotidiana del Sol en contra de la noche, la Luna y las estrellas del firmamento. Porque las palabras dicen al mundo de diferentes maneras, y el silencio expresa sus motivos. El silencio: la voz del dios oculto, que nunca ha terminado de relatar(nos) sus hazañas, en el corazón mismo del Ser.

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