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Archive for the ‘Heroes de Leyenda’

Amelia Earhart, una mujer de leyenda

Julio 08, 2008 By: Carmen Márquez Category: Heroes de Leyenda, Misterios sin resolver No Comments →

Amelia Earhart

Cuentan que Amelia Earhart, nacida en Kansas el 24 de julio de 1897, vio un avión por primera vez cuando tenía 10 años. Pero cuentan también que el estado de dicho avión era tan lamentable que en absoluto se sintió impresionada. Fue años más tarde, en el año 1920, cuando visitó una exhibición aérea y se quedó fascinada con lo que allí pudo ver y sentir. Desde ese día ya no pudo pensar más que en volar…

Amelia era una mujer de fuerte carácter, de decisión, nada convencional teniendo en cuenta cómo se comportaban las mujeres en su época, lo limitadas que estaban por la sociedad. Además, admiraba a otras mujeres que habían realizado grandes proezas. De hecho, incluso tenía un álbum personal en el que pegaba recortes de noticias sobre heroínas que alcanzaban grandes logros en campos aún monopolizados por hombres.

Y quizás en un ansia por seguir su ejemplo, en 1921 comenzó a dar clases de vuelo y antes de que finalizara el año ya se había comprado un avión para ella sola, un pequeño avión de dos plazas de color amarillo brillante al que bautizó como “Canarias“. Con este aparato estableció su primer récord: fue la primera mujer que subió hasta los 14.000 pies de altitud.

Pero lo más emocionante llegó en Abril de 1928, cuando le propusieron cruzar el Atlántico como parte de un gran proyecto.

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El incierto final del pirata Avery

Junio 26, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Heroes de Leyenda, Misterios sin resolver 2 Comments →

Avery y el Fancy

Henry Avery (o Everey), también llamado John Avery o “Long Ben”, solo necesitó un año de navegación bajo el Alegre Roger para convertirse en el pirata más célebre de su tiempo. Fue también uno de los pocos en toda la historia de la piratería que no murieron en combate o ajusticiados; tras su golpe más exitoso, desapareció hábilmente del mapa para no volver a asomar la nariz nunca más. Aunque nadie sabe qué fue de él, todas las hipótesis apuntan a que logró vivir lo suficiente como para disfrutar del botín obtenido.

Avery nace en Plymouth en torno a 1660. Gasta gran parte de su juventud trabajando para diversos barcos mercantes, largos años durante los cuales se consume poco a poco mientras ve cómo su talento se desperdicia en una vida sin expectativas. Pero la situación terminaría por cambiar: a principios de 1694 logra enrolarse como primer oficial en el Carlos II, barco de nada menos que 46 cañones bajo el mando del corsario Gibson.

Las autoridades españolas habían contratado al Carlos II, aprovechando una época de paz con Inglaterra, con el objetivo de incorporarlo a la flota que protegía los galeones americanos. Así el Carlos II viaja primero a La Coruña, y después pasa al puerto de Cádiz, en donde espera órdenes de zarpar hacia el Nuevo Continente. Pero estas no dan llegado, y la tripulación se impacienta. Suenan conversaciones en voz baja; se forman corrillos que se disuelven al acercarse el capitán…

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Irena Sandler, una heroina anonima

Mayo 16, 2008 By: Javier Gomez Category: Heroes de Leyenda No Comments →

En un mundo en el que las desgracias se ceban en el día a día de los telediarios en forma de tornados, de tormentas, de asesinatos, de accidentes, de violaciones y secuestros, a veces nos entra un soplo de aire fresco por la pequeña pantalla que nos ayuda a comprender mejor el sentido de la vida; a saber que a pesar de tanto mal, existe el bien supremo, y que hay gente capaz de dar su vida por la de los demás.

Irena Sandler

Hoy ese soplo tiene un nombre propio: Irena Sandler. Desgraciadamente ha tenido que ser su muerte a los 97 años la que ha destapado la historia de su magnífica vida. Una vida sacrificada que salvó a 2.500 niños de morir en manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Los héroes ni nacen ni se hacen, solamente actúan, desde las sombras, sin esperar nada a cambio, porque sus conciencias así se lo dictan; ella simplemente “hizo lo que tenía que hacer, nada más”, según sus palabras. Y en aquel momento de su vida supo que aquellos niños necesitaban de su ayuda… y actuó.

Corría el año 1939; eran los años en que Hitler y su Alemania parecían imparables. Como su ambición imperial. Uno tras otro, los países iban doblando su rodilla ante el poder devastador de su ejército; las blitzkrieg, o guerras relámpagos imponían el nuevo orden mientras los aliados se miraban sin decidirse a actuar. Aquel año, Alemania invadió Polonia, donde trabajaba una joven en unos comedores sociales. Fue en esos comedores donde aquella joven, que respondía al nombre de Irena Sandler, empezó a realizar sus primeras acciones que ya dejaban vislumbrar esa estrella mágica por la que están tocados los héroes. En un ambiente antisemita y cargado de odios y tensiones, Irena comenzó a darle comida y dinero a familias judías perseguidas y a inscribirlos como católicos para evitarles la detención.

Durante tres años ayudó como pudo; sin embargo, el poder de la Wermacht, auspiciado por sus victorias por toda Europa, no hacía sino aumentar la opresión sobre los judíos. 1942 fue un año trágico en la historia de Polonia. En Varsovia se construyó un guetto en el que se apartó, como apestados, a todos los judíos. Tras aquellas murallas murieron, de las maneras más indignas y terribles, cientos, miles de judíos, sin ayuda, solos, olvidados por el mundo que seguía sin despertar ante la cruel barbarie de los delirios de grandeza de Hitler.

Y es en momentos así cuando de las sombras siempre surgen héroes sin nombre capaces de entregarse por los débiles, por los necesitados. Es en momentos así cuando se demuestra que el Bien Supremo, en mayúsculas, existe, como antítesis al Mal Supremo. Y ese Bien Supremo en aquel momento era Irena Sandler.

Irena Sandler

Contaba Irena, anciana ya, en su Varsovia natal, que su padre le enseñó que las gentes son buenas o malas en función de sus actos y no de lo que tienen; por eso, le decía, “ayuda siempre que puedas al necesitado”. Luchó hasta que consiguió un pase para el guetto del departamento de Epidemiología y así comenzó su labor humanitaria entrando alimentos y medicina y dándoselo a escondidas a los hambrientos y enfermos. Ella, que no era judía, se colocaba cada día sobre su pecho la Estrella de David para poder entrar y no levantar sospechas. Sin embargo, el guetto se llenaba cada día más, y los enfermos y necesitados se multiplicaban; y, por otro lado, estaban los niños, que le rompían el corazón. Ellos eran el futuro, y decidió que era a ellos a los que intentaría ayudar de la manera más insospechada: sacándolos del guetto.

Cada día prometía a sus padres que los sacaría sano y salvo y que los llevaría a lugares donde los nazis no los descubrirían. Y así, comenzó esa difícil y peligrosa tarea. Utilizó los medios más extraños y variados: los sacó en ataúdes; los escondió entre las basuras; abrió pasadizos secretos; les dio pases de salidas falsos aduciendo que tenían enfermedades contagiosas… Y de todos los niños que iba sacando guardaba sus identidades verdaderas en frascos y latas que enterraba en el jardín de la casa de su vecino.

Pero en un espacio tan cerrado, y con el control férreo que ejercía la Gestapo no era raro que tarde o temprano la atraparan. Fueron varios meses los que estuvo encerrada por los nazis, quienes la torturaron para que diera los nombres de aquellos niños y su localización; le rompieron ambas piernas; le rompieron los pies; al maltrato físico se unía el psicológico, pero Irena Sandler, fiel a aquellas enseñanzas de su padre, se mantuvo firme y jamás dijo una palabra. Finalmente, la sentenciaron a muerte. Pero por suerte, la Resistencia finalmente intervino. No podían dejar que aquella mujer que guardaba un secreto tan preciado, que sólo ella sabía, muriera. Y así, compraron al guarda que la custodiaba.

Irena Sandler pudo escapar de su prisión y con la ayuda de la Resistencia huyó del país, no sin antes decirles a éstos la localización exacta de todos aquellos botes y latas donde se escondían los nombres de los niños salvados y donde estaban ocultos cada uno. Cuando se desenterraron, una vez acabada la Guerra y abandonado el guetto, se encontraron 2.500 latas y botes con los nombres de los 2.500 niños a los que Irena Sandler había ayudado a escapar de aquel maldito lugar.

Ayer, Irena al fin pudo descansar en paz. Pero tras de sí dejó un inmenso legado, y la más bonita y edificante historia que se pueda oír. No dudo que habrá muchísimos más héroes secretos como ella, pero ojalá con más frecuencia pudiéramos oír del ejemplo de estas personas para comprender que el mundo no es sólo envidias y males, y que en el fondo, siempre está esa chispa de Humanidad que todos deberíamos encontrar en nosotros mismos.

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El mudo lamento de Dido

Mayo 02, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología romana, Heroes de Leyenda, Mitologia, Mitología griega No Comments →

Dido, hija de Muto, rey de Tiro y hermana de Pigmalión, desposó a Siqueo, sacerdote de Heracles. Al morir el monarca, Pigmalión lo sucedió. Ansiando éste hacerse con los bienes de Siqueo, dispuso su ejecución. Después, en sueños, el difunto consorte advirtió a Dido de estar en riesgo de ser la próxima víctima del homicida rey.

Acompañada de un séquito numeroso la princesa abandonó Tiro. Se estableció entonces en África, y con tan buena fortuna y prosperidad creciente, que pudo fundar la ciudad de Cartago. Su rápido progreso provocó la envidia de Jarbas, rey de Getulia, que exigió a Dido en casamiento a cambio de la no destrucción de Cartago. Dido se opuso rotundamente a la voluntad de Jarbas durante largo tiempo, hasta que decidió al fin, inmolarse en las llamas de una pira humeante. Virgilio, romano estudioso de la mitología griega, aprovechó esta tradición para relatar en la Eneida, como, al arribar azarosamente el héroe troyano Eneas a Cartago, Dido se enamoró por completo de él.

Dido

Celoso, Jarbas solicitó a Júpiter alejara de una vez al inoportuno extranjero. Eneas se liberó entonces de los pasionales ruegos de Dido por no dejarle partir y gobernar juntos la populosa urbe. Porque el deseo de la futura fundación de Roma pudo más en el alma de Eneas. Cuando el héroe partió a Italia, Dido, con el corazón destrozado, se suicidó.
La triste historia de Dido es como una flor de múltiples aromas, en donde cada uno aspira una esencia distinta pero al mismo tiempo poseedora del mismo trágico matiz.

En esta nota se propone imaginar que Virgilio ha mentido: No hubo ningún extranjero gallardo y cautivador que arribara a Cartago. No hubo seducción alguna, ni auxilio de Cupido para entrelazar a los amantes: no se dio el tierno y erótico momento en una cueva solitaria en una tarde de cacerías y de tormenta. Nadie partió de Cartago dejándole desesperada con una ilusión perdida. Nadie. Porque tal vez Eneas sólo ha sido un sueño de la Dido acosada y sola, de la reina agobiada, de la mujer ambicionada, del ser humano hundido en la más absoluta impotencia.

Y así por lo consiguiente, Eneas, Roma, la Eneida, Virgilio, la historia posterior de Occidente y tal vez hasta nosotros mismos hoy día, no seamos más que una ilusión de amor que Dido permitió dejar fluir libre y sin control alguno, como un acto de amor incondicional y entrega completa al ser ideal que consuela y da vida, aún al quitarla. Sin duda, cuando Jarbas ya cercaba Cartago, cuando tenía casi a la mujer deseada en su poder, mientras Dido decidía mejor entregarse a las caricias dolorosas del fuego, tuvo entonces el bello sueño de un príncipe llamado a fundar una ciudad tan relevante que a la postre transformaría un mundo, y tanto amor le inspiró ese ser precioso nacido de sus más caros anhelos, que hasta fue capaz de permitirle volar por su cuenta, para fraguar su glorioso destino.

Dido

Quizás durante su último suspiro, cobijada ya en las cenizas tibias, Dido imaginó encontrarse a su amado, peregrino por el Inframundo. Allí, en donde un Eneas lleno de remordimientos trató de excusarse ante ella por renunciar a su pequeño mundo de ambos, lleno de amor y pasión, por otro material y enorme de fama imperecedera. El silencio conmovedor de Dido, ese silencio de despecho, de dolor, de rencor sin medida, ese silencioso alejarse hacia las sombras y a la silueta difusa de un equívoco Siqueo fantasmal, más bien podría ser, ese silencio, un ronco y mudo sollozo de renuncia y entrega amorosa sin medida.

Un amargo y dulce sacrificio.

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Sir Gawain y el Caballero Verde

Marzo 01, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Heroes de Leyenda 3 Comments →

Era el día de Año Nuevo, y todos los caballeros de la Tabla Redonda se hallaban congregados en el gran salón de Camelot. Transcurría uno de aquellos suntuosos banquetes con los que el rey Arturo y sus súbditos celebraban la Navidad, veladas alegres para charlar, contar historias galantes y bailar hasta bien entrada la noche. Se encontraban caballeros y damas en animada conversación cuando, de forma repentina, un extraño caballero irrumpió en el salón montado a caballo. Todos los presentes se inquietaron por el aspecto fiero de aquel hombre, que tenía un tamaño descomunal y, aunque no llevaba puesta armadura ni cota de malla, portaba en sus manos un hacha de tamaño terrorífico. Nadie dejó de notar que la totalidad de sus ropajes, e incluso su pelo, su barba y su caballo eran de color verde.

El Caballero Verde

Con voz solemne, el enigmático personaje planteó a los presentes un desafío. Retó, a aquel caballero con el valor suficiente, a empuñar el hacha y asestarle un golpe con ella. A cambio, él se lo devolvería después, aunque concediendo un año de plazo. Como al principio nadie respondió, pues todos habían quedado impresionados por su aparición, fue el propio Arturo quien aceptó el reto para salvaguardar el honor de Camelot. Ya estaba el rey calibrando el peso del arma, cuando Gawain alzó su voz, pidiendo ser él quien asestara el golpe y afrontase las posibles consecuencias. Tras celebrar consejo con el resto de sus caballeros, Arturo accedió.

El Caballero Verde descabalgó de su montura y Gawain blandió la gigantesca hacha, descargando un golpe brutal sobre el cuello de su oponente, cuya cabeza rodó por el suelo, separada del tronco por la violencia del impacto. La sangre brotaba a borbotones del cuello del Caballero Verde, pero este no se desplomó, sino que, para espanto de todos los presentes, caminó hasta donde yacía su cabeza y la recogió del suelo. Sujetándola por el pelo, montó en su caballo y abandonó el salón, no sin antes recordar a Gawain su parte del trato. Para cumplirla debería buscarle antes de que transcurriese un año en un sitio conocido como la Capilla Verde.

Durante aquellas Navidades no se habló de otra cosa en Camelot, pero con el transcurrir de los meses el prodigioso suceso se fue olvidando poco a poco. Gawain vio pasar rápidamente las estaciones, sintiéndose cada vez más inquieto. Había dado su palabra al Caballero Verde de ir a buscarlo, y no faltaría a ella, pero mucho se temía que aquello supondría su fin. Por otro lado, no sabía en donde quedaba aquella Capilla Verde, y nadie en Camelot supo decírselo. Cuando la Navidad se acercó otra vez, Gawain se despidió del rey y sus amistades y partió de la corte sin rumbo fijo, aunque con la esperanza de encontrar a alguien que le indicase el camino. Muchos ojos lloraron al verle partir.

Vagó en soledad por regiones desconocidas, corriendo diversas aventuras. Sin embargo no hallaba por ningún lado la Capilla Verde.

Ya era el día de Nochebuena cuando, tras atravesar cabalgando un bosque, divisó un magnífico castillo construido en una planicie y rodeado de árboles. Como hacía tiempo que deseaba descansar, se dirigió al castillo, en el cual fue acogido de buen grado. El castellano, que según pudo comprobar Gawain, era hombre de valor y señor de esforzados vasallos, le dio la bienvenida e invitó a quedarse todo el tiempo que necesitara. Aquel señor sabía donde estaba la Capilla Verde, y prometió a Gawain que el día de año nuevo uno de sus criados le guiaría hasta ella, pues no quedaba muy lejos de allí.

Sir Gawain

Durante su estancia en el castillo, Gawain fue tratado con gran hospitalidad. Sin embargo, algo incomodó al caballero, y es que la joven esposa del señor del castillo le ofrecía descaradas muestras de amor. Tres mañanas seguidas incluso se coló en su habitación para intentar seducirlo. La dama era muy hermosa y se dirigía a Gawain con argumentos sutiles, pero él no quería faltar a la lealtad que debía a su anfitrión, por lo que se mantuvo firme, aunque sin perder nunca la cortesía. Al final ella acabo dándose por vencida, aunque quiso regalar al caballero un cinturón de seda verde adornado con hilos de oro como prenda de su amor. Gawain se negaba aceptarlo, pero, como la dama le contó que aquel cinturón poseía la propiedad mágica de volver invulnerable a su portador, terminó por ceder.

Al fin llegó la mañana de año nuevo y Gawain abandonó el castillo. Un lacayo le condujo a la Capilla Verde, la cual resultó no ser una iglesia, sino apenas una elevación de terreno cubierta de hierba y con unas aberturas en los laterales. Un lugar tan desolado que ponía los pelos de punta.

En la Capilla Verde

Se escuchó un ruido horrible parecido al de un gigantesco cuchillo al ser afilado. Cesó aquel sonido, y apareció entonces el Caballero Verde portando su hacha. Tras un tenso intercambio de impresiones, Gawain se dispuso a recibir el golpe fatal. El Caballero Verde se acercó, alzó su arma, la bajó con fuerza… y en el último momento amagó el golpe. Repitió la misma operación un par de veces más, dejando a Gawain al borde del colapso nervioso. A la cuarta sí alcanzó su cuello, pero sólo hizo una leve incisión. Con aquello quedaba saldada la deuda: “Golpe por golpe”, dijo el Caballero Verde. Y continuó explicándole a Gawain que todo había sido una prueba, incluidas las insinuaciones de la esposa del dueño del castillo, señor que no era otro que él mismo. El hada Morgana, hermanastra de Arturo y discípula de Merlín, le había hecho adoptar aquella forma para probar el valor y la honestidad de los caballeros de la Tabla Redonda.

Tras rechazar cortésmente la invitación del Caballero Verde de pasar unos días más en su castillo, Gawain regresó a Camelot, en donde fue recibido con gran alegría.

Desde entonces Gawain llevó siempre encima aquel cinturón verde como recordatorio de su debilidad al aceptarlo. O al menos eso es lo que nos cuenta el anónimo poeta que en el siglo XIV compuso Sir Gawain y el Caballero Verde.

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La leyenda de Sigfrido

Enero 17, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Heroes de Leyenda, Leyendas 2 Comments →

Sigfrido, hijo del rey Sigmund de Niederland y de la bella Siegelinde, escuchó la llamada de la aventura a edad temprana. Siendo apenas un niño abandonó el castillo de sus padres y vagó a través de campos, ríos y bosques, hasta que el enano Mimir lo acogió en su fragua.

Mimir acoge a Sigfrido

Cerca de la casa de Mimir se abría una profunda cueva que conducía al reino de los nibelungos. Estos enanos, expertos en la minería y la orfebrería, poseían un fabuloso tesoro que guardaban en una gran cámara próxima a la superficie. Un dragón llamado Fafnir protegía el tesoro.

Mimir era también un nibelungo, pero odiaba a sus congéneres por haberlo expulsado del reino subterráneo. Cuando vio que Sigfrido tenía valor suficiente para convertirse en un gran héroe, concibió la idea de utilizar al joven como instrumento de venganza. A partir de ese instante comenzó a enseñarle todo lo que sabía y a adiestrarlo en el manejo de las armas, con la esperanza de que algún día venciera al dragón Fafnir, arrebatando a los nibelungos sus riquezas.

Llegó el momento en que Sigfrido estuvo preparado para batir a Fafnir, pero no tenía una espada lo suficientemente resistente como para enfrentarse con garantías a él. Así que Mimir forjó la espada Balmung con los fragmentos de otra que había encontrado en el bosque (y que algunos dicen había fabricado el mismísimo Odín tiempo atrás) y se la entregó a Sigfrido antes de que partiera a combatir con el dragón.

Sigfrido combate a Fafnir

Tras una dura lid, Sigfrido logró clavar la espada en el corazón de la bestia, que murió entre rugidos y coletazos ya inútiles. Cuando el dragón dejó de moverse, Sigfrido se bañó en su sangre aún caliente, pues Mimir le había revelado que si hacía así se volvería invulnerable. Sin embargo, una pequeña hoja de tilo pegada a su espalda dejó un punto en el que la sangre del dragón no llegó a tocar.

La hazaña no calmó la sed de aventuras de Sigfrido, que abandonó la casa del herrero para buscar nuevos desafíos. Del tesoro de los nibelungos sólo se llevó un casco mágico que volvía invisible a quien lo llevara puesto y también, a pesar de los consejos de Mimir, un anillo muy hermoso pero que según una antigua maldición traía la muerte a su dueño.

Pasó a Dinamarca, cuyo rey le obsequió con el caballo Grani, descendiente de Sleipnir, el mítico caballo de ocho patas de Odín, y embarcó en dirección a Islandia. En la isla del hielo encontró un castillo rodeado por un muro de llamas, en cuyo patio una hermosa doncella vestida con cota de malla yacía dormida sobre un escudo. Montado en Grani, Sigfrido saltó por encima de las llamas, y despertó a la joven con un beso. Brunilda, pues así se llamaba la doncella, le contó a Sigfrido su historia: Odín la había castigado, a ella que era una valquiria, a permanecer dormida en aquel castillo hasta que llegase un caballero tan valiente como para cruzar el cerco de fuego.

Sigfrido acompañó a Brunilda durante unos días, pero pronto sintió nostalgia de la casa de sus padres, con quienes hacía tanto tiempo que no estaba, y abandonó Islandia para regresar a la corte de Niederland, en donde fue recibido como un hijo pródigo y como un héroe.

Sin embargo, no permanecería por mucho tiempo en el castillo paterno. A Niederland llegaban noticias acerca de la magnificencia del vecino reino de Burgundia, del valor de su rey Gunther y del vasallo Hagen, y de la hermosura de la hermana del rey, Crimilda. Sigfrido sintió deseos de verlo con sus propios ojos, así que viajó a Burgundia, en donde trabó amistad con el rey y se enamoró de su hermana, siendo correspondido por ella.

Un día llegó a la capital de Burgundia, la ciudad de Worms, un escaldo islandés declamando versos acerca de una princesa de su tierra llamada Brunilda que desafiaba en combate a todo aquel que pretendiera casarse con ella. Hasta aquel momento nadie había pasado la prueba. Inflamada su imaginación por las palabras del escaldo, Gunther quiso ir a Islandia para vencer a Brunilda y tomarla como esposa. Sigfrido sabía que tal empresa excedía la capacidad del rey, así que intentó disuadirlo. No lo logró, y encima Gunther le pidió que lo ayudara en su propósito, algo a lo que Sigfrido se negó en principio, aunque, como el burgundio le ofrecía a cambio la mano de Crimilda, acabó por ceder.

Juntos embarcaron hacia Islandia. En el momento de subir al barco, Sigfrido se puso el casco mágico del tesoro de los nibelungos, que volvía invisible a su portador. De esa manera podría guiar el brazo del rey Gunther durante su pelea con Brunilda sin que esta se diera cuenta. El combate salió como ellos esperaban y, una vez derrotada, Brunilda accedió a marchar a Worms y casarse con Gunther.

Brunilda y Crimilda discuten

La ceremonia se celebró con todo el boato del que la corte burgunda era capaz, pues no sólo se casaba el rey, sino que lo hacía también su hermana. Aunque a partir de ese día Gunther colmó de atenciones a Brunilda, esta no era feliz: su marido no se comportaba como el gallardo héroe que la valquiria esperaba y ella en realidad ardía de celos por Sigfrido. Las discusiones con su cuñada se volvían cada vez más agrias, y en lo más álgido de una de ellas Crimilda le contó la verdad acerca de lo sucedido en Islandia. Brunilda montó en cólera y se marchó de Worms para no volver nunca.

Abandonado y humillado, Gunther culpaba a Sigfrido de la marcha de su esposa. El vasallo Hagen vertía palabras llenas de ponzoña en sus oídos, incitándole a matarlo, pero el rey dudaba, ya que, después de todo, Sigfrido era invencible. Sin embargo, Hagen le convenció de que dejara el asunto en sus manos. Él encontraría el modo.

Su habilidad para manipular el corazón de sus semejantes no tenía par y con medias verdades se ganó rápidamente la confianza de Crimilda. Le confesó que Gunther quería asesinar a su marido, pero añadió que él estaba de parte suya y se encargaría de evitarlo. Ella le reveló entonces que Sigfrido era invulnerable por haberse bañado en la sangre de Fafnir salvo en aquel pequeño punto de la espalda en el que la hoja de tilo había impedido que la sangre tocara su piel. Una vez supo esto, Hagen organizó una cacería durante la que, tras quedarse a solas con Sigfrido, le clavó una daga en la espalda, atravesando su corazón.

Así murió el valiente Sigfrido, hijo de Sigmund y de Siegelinde. Con su muerte se cumplió la maldición del anillo de los nibelungos.

Esta es sólo una entre las múltiples versiones de la leyenda de Sigfrido, cuyo origen se remonta a la época en que los pueblos germánicos y escandinavos regían las tierras del otro lado del Rhin, más allá de la frontera del Imperio Romano.

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La leyenda del Rey Arturo

Enero 09, 2008 By: Javier Gomez Category: Realidad o Ficcion, Heroes de Leyenda, Leyendas 5 Comments →

Cuenta la leyenda que:

no hubo rey más justo ni más bueno que Arturo, hijo de Uther, rey de Gran Bretaña, ni caballeros con más altos ideales y honrados de corazón que aquéllos que lo acompañaron en la Tabla Redonda.

Espada de ArturoEra una época de magia, de encantamientos y hechizos. Tiempos de guerra y rituales. Uther Pendragón deseaba perdidamente a Ingraine, la esposa de su mayor enemigo, Gorlois, duque de Cornualles, y para conseguirla cayó en la más indigna de las tretas: logró de Merlín un encantamiento tal, que cuando la duquesa lo vio la confundió con su propio esposo. Aquella misma noche, Uther e Ingraine yacieron juntos, y de aquel encuentro se engendró el que sería el alma más pura y noble que conocieran aquellas tierras.

Pero aquel trato indigno con el mago no sería gratis, pues el fruto de aquella noche habría de ser entregado al propio mago. Así, Arturo fue tomado por Merlín, quien lo entregó a Sir Héctor para que lo criara en la sabiduría y la lealtad.

Las continuas guerras entre Uther y Gorlois no tuvieron fin, y aquel encuentro con el que pretendían supuestamente sellar la paz, no sirvió sino para aumentar las viejas rivalidades. Gran Bretaña, tras la muerte de Uther, teniendo Arturo sólo dos años, cayó en decadencia. La crueldad, la tiranía, la pobreza y la injusticia se apoderaron del país. Y así, pasaron los años, hasta que el propio Merlín predijo que sólo un milagro revelaría el nombre del que habría de ser nuevo rey.

Y ese milagro ocurrió. Un día, no se sabe cómo, en el cementerio del reino apareció una espada clavada en una roca. Rezaba en la piedra:

quien pueda desencajarme de esta piedra será rey de Gran Bretaña

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Heroes de leyenda: Guillermo Tell

Octubre 07, 2007 By: Javier Gomez Category: Heroes de Leyenda, Leyendas No Comments →

Guillermo Tell es uno de los personajes legendarios de Suiza, al que se sitúa en el siglo XIV y al que hasta la fecha nadie ha podido confirmar su existencia real.

Guillermo TellAquella Suiza de los siglos XIII y XIV estaba dominado por los Habsburgo. Reinaba por aquel entonces Rodolfo I de Habsburgo, quien había dado comienzo a la dinastía, cuando estalló una rebelión en tres cantones suizos montañosos de una gran riqueza: Shwyz, Uri y Unterwalden. Fue el hijo de Rodolfo I, Alberto, el que sofocó aquella rebelión con extrema dureza, anexionando los territorios a la familia de los Habsburgo.

Fue entonces, cuando bajo aquella fuerte represeión, apareció la figura heróica que todos los cantones suizos necesitaban.

Cuenta la leyenda que Guillermo Tell, nacido en Bürglen, en el cantón suizo de Uri, pasaba un día por la plaza central de Altdorf  donde estaba el sombrero de la casa dominante, ante el cual todos los suizos debían inclinarse. Altivo, Tell no lo hizo y fue apresado. Hermann Gessler, gobernador de Altdorf, cruel y mezquino, impuso un castigo por su rebeldía al héroe y le obligó a disparar con su ballesta a una manzana situada sobre la cabeza de su hijo.

Guillermo Tell cargó su carcaj con dos flechas. Disparó la primera y atravesó en su mismo centro la manzana que estaba sobre la cabeza de su hijo. Cuando fue interrogado por Gessler acerca de la segunda flecha, Tell contestó que aquella estaba dirigida al tirano que lo obligó a disparar, en caso de que sin querer hubiera matado a su hijo. Al oirlo, fue nuevamente apresado y mandado a galeras. Pero el barco sufrió un naufragio, y Guillermo Tell salvó a los soldados y al propio gobernador que también viajaba. Al llegar a tierra, el ballestero suizo le tendió una emboscada a Gessler y lo mató.

Desde entonces su historia se ha corrido de boca en boca, y siglos más tarde fue tomada para ser divulgada como símbolo de la lucha por la libertad, aunque jamás pudo saberse si realmente aquella historia fue real o no, y ni tan siquiera quedó constancia de si Guillermo Tell y Gessler existieron o fueron producto de la imaginación popular que necesitaba de un héroe para sublevarse ante los opresores.

Finalmente, en el año 1389, la Confederación Helvética proclamó su independencia de los Habsburgo.   

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