La leyenda de Gwyn y Nelferch

Myddfai

Esta leyenda tiene su origen en un singular pueblo galés, donde la historia y la leyenda conviven, haciendo de él un lugar único lleno de magia. Su nombre es Myddfai y se encuentra cerca de la ciudad de Llandovery, en el condado de Carmarthen. Myddfai es muy popular por sus hierbas tradicionales y remedios naturales.

La historia comienza cuando muere Blaensawdde durante la batalla contra los ingleses, y la triste noticia llega a su viuda. Esto fue devastador para ella que, por entonces, estaba a punto de dar a luz a su primer hijo.

Pero como no hay oscuridad sin luz, su tristeza se convirtió en alegría cuando pudo ver la cara de su bebé recién nacido, al que puso de nombre Gwyn, justo a principios de primavera. A base de trabajo duro, la viuda sacó adelante su granja y dio alimento a su hijo y, al cabo del tiempo éste ya era un hombre hecho y derecho, y de buen corazón.

Un buen día, mientras el joven vigilaba el rebaño desde la ladera del Cerro Negro, cerca de la orilla del lago Llyn-y-Fan, advirtió unas extrañas ondas que se formaban sobre la superficie del agua y, delante de sus propios ojos apareció una joven, la joven más bella y hermosa que no podía haber imaginado ni en sueños, sentada sobre una pequeña roca. Gwyn sintió como su corazón se prendía de ella y dejaba su cuerpo para ser de la muchacha. Sin darse cuenta, y como hipnotizado, ofreció a aquella mujer el único alimento que traía encima: un trozo de pan con queso. Pero ella, amablemente, lo rechazó diciendo:

“Duro está tu pan horneado. No es fácil tenerme”

Y desapareció.

El muchacho quedó muy confundido. No estaba muy seguro de si aquello había ocurrido realmente o no. De camino a su casa pareciera que ya no era la misma persona y, cuando llegó, le contó a su madre lo que le había ocurrido. Esta le dijo, “Puede que el pan horneado tenga que ver con algún hechizo o algo de magia, y por eso no te lo ha aceptado. Probemos con un pan sin hornear.” Gwyn estuvo de acuerdo, y así lo hizo al día siguiente.

Allí, muy temprano y en el mismo lugar que en el día anterior, estaba el muchacho, expectante. Su mano sostenía el trozo de masa de pan sin hornear. Pasaron las horas y, cuando el sol mostraba todos sus rayos, un cisne bajó de cielo volando y cruzando el Llyn-y-Fan a ras del agua. Al rozar con una de sus alas la superficie cristalina, se volvieron a formar aquellas extrañas ondas y la muchacha de nuevo surgió del agua.

Con un sentimiento indescriptible de felicidad, Gwyn alargó su mano y le ofreció el pan, pero, al igual que la última vez, la bella muchacha, lo rechazó con una sonrisa, diciendo:

“Sin cocer está tu pan. No te tengo”

Y volvió a desaparecer entre las aguas del lago.

Ahora Gwyn estaba desconcertado, incluso decepcionado. Llegó a pensar que todo aquello no era más que una broma cruel y que quién era él para pensar que merecía el amor de una joven tan hermosa como aquella. Al fin y al cabo, sólo era un simple granjero. Pero su madre no estaba de acuerdo y le animó a intentarlo una vez más. “Prueba con pan a mitad de cocer y quizás resulte. Pero no te rindas”.

El joven, impaciente, partió esa misma noche hacia el lago y allí, en su orilla, se sentó a esperar.

Pasó la noche, se sucedió todo un día y la oscuridad y el frío lo envolvieron. Y no sólo a su cuerpo, también a su alma. Se levantó con la mirada clavada en el lugar donde la joven se le había mostrado y dijo: ” No tengo ni oro, ni plata, ni las riquezas que otros puedan ofrecerte, sino el pan sembrado con mis propias manos en la tierra fértil. Eso es todo lo que tengo para darte, incluso a mí mismo, pues soy tuyo para siempre”.

Dio la vuelta dispuesto a irse y volvió la vista atrás, como para decir su último adiós, cuando vio a su amada y su brillante sonrisa. Esta se dirigió a Gwyn y le dijo: “Tú puedes ofrecerme tanto como cualquier hombre de verdad. Yo también te doy mi corazón. Pero debes cuidarte de golpearme tres veces sin causa, aunque sea mínima o suavemente, porque de lo contrario te dejaré y volveré al lago”. El joven no vio ningún problema en hacer tal promesa. No podía imaginar levantar la mano a alguien a quien amaba tanto.

En ese momento, la joven, cuyo nombre era Nelferch, se zambulló en el lago, para desesperación de Gwyn. Pero justo antes de que éste se lanzara a hacer lo mismo, de las aguas salieron un hombre y dos doncellas idénticas, a cual más bella.

El hombre, de aspecto majestuoso, le dijo al joven: “Si eres capaz de distinguir a mi hija de su hermana, podrás casarte con ella”. No era tarea fácil. Eran como dos gotas de agua! Cada detalle, cada pliegue de sus vestidos, cada cabello. Pero, de pronto, a Gwyn se le ocurrió mirar sus sandalias y ahí fue donde encontró la respuesta. Su amada tenía una forma especial de atárselas y él la conocía perfectamente. Así fue como ganó la prueba.

Nelferch fue dotada por su padre para la boda con todas las piezas de ganado que ella quiso. Después de la ceremonia, la pareja tuvo su primer hijo en la primavera siguiente, y pocos meses después, en verano, fueron invitados a un bautizo.

El día elegido era una jornada muy soleada y calurosa. Nelferch mantenía a su bebé en brazos dentro de casa mientras Gwyn preparaba todo para salir a la iglesia.

Pasaba el tiempo y ella no salía fuera, a lo que su esposo entró y, dándoles unas suaves palmaditas en la espalda, le dijo “Vamos, vamos, o no llegaremos a tiempo”. En ese momento una nube tapó el sol y ella le dijo, ” No sé por qué, pero sabía que si hubiéramos salido antes nuestro pequeño hijo hubiera muerto por el calor. Ahora ya no, pues esa nube ha tapado los rayos del sol. También debo decirte, querido esposo, que tengas cuidado, pues es la primera vez que me golpeas sin causa”.

Todo quedó olvidado cuando, al año siguiente, tuvieron su segundo hijo.

A los pocos meses fueron invitados a una boda y dejaron a sus hijos con su abuela. La ceremonia se desarrollaba con toda normalidad hasta que, en un momento determinado, Nelferch comenzó a llorar. Gwyn, intentó consolarla para que no llamase la atención en la boda y ésta no se interrumpiese, y acarició su antebrazo dándole unos golpecitos cariñosos. Ella lo miró con gran pesar y le dijo, ” Mi amor, no sé por qué, pero lloro por el dolor que esta pareja aún no conoce. Y ahora debes tener más cuidado que nunca, pues este es el tercer golpe que me das sin causa. No quiero que haya otro”.

Ese mismo invierno, poco después de la boda, la recién casada sufrió un accidente y murió en brazos de su joven esposo. La tragedia fue doble, pues la joven estaba encinta de su primer hijo…

Al año siguiente, en otoño, vino al mundo el tercer hijo de Gwyn y Nelferch. Pasaron pocos meses y el viudo que perdió a su amada y a su hijo no nacido, enfermó y murió. Una historia desgraciada, en verdad, la de esta familia.

Durante el funeral, en medio del silencio más absoluto, comenzaron a escucharse unas suaves risas que, poco a poco, fueron en aumento. Era Nelferch. Gwyn, le amonestó y le dijo que no era un lugar adecuado para reír, por lo menos por respeto a la tristeza de los familiares.

Pero ella no podía contenerse. Entonces él, le dio una especie de bofetada, sin malicia alguna, en la mejilla, al pensar que era presa de la histeria y con eso tal vez reaccionaría. El rostro de su esposa se ensombreció. “No se por qué, pero me río porque su dolor y su pena ya han acabado. Ha sufrido mucho y allí, donde está ahora, está feliz. Pero ahora soy yo la que se ha llenado de dolor”. Y acto seguido salió corriendo bajo la inmensa lluvia que caía ese fatídico día.

Gwyn corrió detrás de ella, llegó hasta Llyn-y-Fan y, durante horas nadó y se sumergió en las profundas, oscuras y heladas aguas del lago. No había rastro de ella. Agotado, casi sin aliento, se dejó caer en la orilla y lloró amargamente.

Se cuenta que un día, su hijo mayor, Rhiwallon, solía pasear por el lago por si veía a su madre. Sus deseos se cumplieron Nelferch se presentó ante él para decirle que su papel en este mundo era curar la enfermedad para aliviar a las personas del dolor y la miseria. Le confió una bolsa repleta de valiosas y secretas recetas a base de plantas que le convertiría a él y a su familia en los mejores médicos durante generaciones: Los Médicos de Myddfai. No se equivocó.

Foto Vía: www.cambria.org.uk

Publicado en: Leyendas

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2 comentarios

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  1. pita dice:

    pues aveces la noche no es vuena y tiene varios hijos de los cuales son criaturas terrenales y reclaman su lugar ay q tener serio cuidado no todos son vuenos yo so uno…………..?

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