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Lares romanos

En la antigüedad romana, la religión ocupaba y teñía todos los órdenes de la vida. En este sentido los ritmos del día a día, así como los miedos y las esperanzas personales estaban íntimamente ligados con los dioses y diosas romanos. Ante esto, es preciso decir que la religión romana se podría dividir en dos partes, por así decir: la religión de carácter público o estatal y los cultos privados o domésticos.

A este respecto, las que eran denominadas como divinidades del hogar (los lares, manes y penates) tenían un papel muy importante y activo en el día a día, siendo una obligación el rendirles culto (la forma era mantener vivo el fuego del hogar, siempre y cuando la familia no desapareciese por uno u otro motivo).

El sumo sacerdote de este culto era, como no podría ser de otro modo, el Pater Familias y el ritual era celebrado en el lararium (un pequeño altar situado, normalmente, en el atrio, que se ubicaba cerca de la entrada principal a la casa).

Dicho esto, en el artículo de hoy nos vamos a centrar en el análisis de los “lares”. Hijos de la náyade Lara y del dios Mercurio, su historia se remonta a la devoción que los antiguos etruscos desplegaban ante sus dioses familiares.

Su función principal radicaba en el hecho de cuidar por el lugar donde se ubicaba la casa familiar, de tal modo que eran ellos los que la protegían incluso antes de que la propiedad hubiese sido regulada por las leyes romanas, amenazando a los extraños que intentasen entrar en el lugar con terribles enfermedades.

Las familias romanas tenían auténtica devoción por estas divinidades del hogar, las cuales eran representadas a través de pequeñas estatuillas a las que rendían ofrendas y oración y que eran colocadas en el anteriormente mencionado larario.

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