Salmacis y Hermafrodito, la ninfa y el dios griego

Las Náyades eran las ninfas de los manantiales, los arroyos, las fuentes y todo lugar donde se hallara agua dulce. La vida de estas jóvenes estaba vinculada a la primavera, por lo que debían permanecer siempre cerca del agua. De lo contrario, si su cuerpo se secaba, marchitaban y morían al igual que las plantas.

La diosa Artemisa poseía un séquito de veinte ninfas. Tenían poderes proféticos, eran capaces de curar y también de inspirar a los artistas y creadores. No eran inmortales como los dioses, pero sí que disfrutaban de una vida muy longeva.

En cuanto a sus orígenes, algunos dicen que eran hijas del mismo Zeus. Otros que descendían de los dioses de los ríos, Potomei. Y finalmente se afirmaba que habían nacido de la unión entre el titán Océanos y la diosa Tetis. Las ninfas era extremadamente seductoras y aunque más de uno cayó bajo sus encantos, todas guardaban celosamente su virginidad, obedeciendo los mandatos de la diosa Artemisa.

Pero claro, como en toda familia que se precie, siempre hay un miembro que se sale del tiesto y se convierte en la oveja negra del grupo por propios méritos. Este dudoso privilegio lo tenía Salmacis. Era una ninfa holgazana, despreocupada, egocéntrica y no acataba las normas.

Salmacis tenía su morada en una fuente de la ciudad de Halicarnasos.

Por su parte, Hermafrodito era fruto de la unión entre Hermes y Afrodita. Este affaire que mantuvieron los dos dioses tuvo lugar un día en que Hermes sorprendió a la diosa del amor y la belleza bañándose como Dios la trajo al mundo. Ni que decir tiene que Hermes se enamoró perdidamente de ella. Pero Afrodita no estaba por la labor y rechazó al dios.

Tratando de encontrar la manera de conquistar a la diosa, Hermes decidió pedir ayuda a su padre Zeus y éste le proporcionó un águila que se encargaría de robar una de las sandalias de Afrodita. La diosa tenía mucho aprecio por su calzado, por lo que aceptó la propuesta de Hermes: pasaría con él una noche de amor a cambio de su sandalia.

Y por culpa de una simple sandalia vino a este mundo Hermafroditos, que fue guapísimo desde que nació. Tan atractivo era el muchacho que un día mientras viajaba pasó por Halicarnasos y por la fuente donde habitaba Salmacis. La ninfa, al verlo, se quedó totalmente extasiada por la belleza de aquel joven en intentó conquistarlo y llevarlo a su terreno. Pero no hubo forma. Hermafroditos le rehuía una y otra vez, lo que desesperaba a Salmacis.

En una de estas en que Hermafroditos creía estar solo y a salvo de la ninfa, se quitó sus ropas y se metió en el agua de la fuente para darse un baño. Salmacis aprovechó la ocasión y se abalanzó sobre el joven atrapándolo en un fuerte abrazo. Justo entonces la ninfa pidió a los dioses que nunca la separasen de Hermafroditos.

Y así fue. Ambos cuerpos quedaron fundidos y nació el primer ser hermafrodita, dueño de atributos tanto masculinos como femeninos.

Publicado en: Mitología griega

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7 comentarios

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  1. MoniqueL dice:

    ¡Hola! ¡Gracias por la interesante publicación! Te comento que en el segundo párrafo dice que las ninfas eran “capaz”. Pero esa palabra está en singular, su plural es “capaces”, por lo que sería conveniente que pudieras cambiarla.

    ¡Un saludo desde la Ciudad de México!

  2. ¡Gracias por el apunte, Moniquel! Ya está corregido.

    Saludos

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