Ulises en las isla de los feacios

Ulises

Es hora de añadir un capítulo más a esta larga serie en la que recreamos los acontecimientos de la Odisea. Habíamos dejado a Ulises con Calipso. El deseo de volver a Ítaca, con su esposa Penélope y su hijo Telémaco, será al final más fuerte que toda la inmortalidad que Calipso pueda ofrecerle.

Pero cuando Ulises, con la ayuda de su amante, construya la barca con la que abandonará la isla, habían pasado diez años. Diez años en los que la mayoría humana y divina lo daba por muerto.

Incluso Poseidón, su enemigo. Cuando el dios descubre a Ulises navegando en su barca tiene un ataque de ira. Diez años sin saber nada de él, habiéndolo casi olvidado y, de pronto, helo ahí otra vez, surcando las aguas que constituían el reino del hermano de Zeus.

Furioso, rememorando la escena final del show de Truman, el dios del mar destroza la balsa con un auténtico maremoto. Si Ulises se salva es únicamente porque, en ese pasado mitológico que narra la Odisea, el mundo estaba lleno de dioses y no todos tenían tan mala uva como Poseidón. En efecto, Ino Leucótea, la Diosa Blanca, protectora de los náufragos, ayuda a nuestro héroe.

Ulises consigue llegar a una costa desconocida: se trata de la isla de los Feacios. Es de noche. Exhausto, se tumba en la orilla. Atenea se compadece y, a pesar de que Ulises habría querido estar vigilante pr lo que pudiera pasar, le infunde un dulce sueño.

Debemos anotar que su aspecto era horrible: la salitre y las algas cubren su cuerpo, tiene una barba dura de varios días, y unas guedejas de pordiosero. Cuando amanece, unas muchachas hermosas lavan la ropa cerca de donde se encuentra, todavía dormido, el náufrago. Luego se ponen a jugar a la pelota…

Una pelota se escapa de las manos de una de ellas y se va rodando hasta un riachuelo. Justo al lado de Ulises. Las muchachas al verlo gritan de espanto. El rey de Ítaca se despierta, se levanta, mira a su alrededor, confundido. Ahora el héroe parece un monstruo.

Las jóvenes salen corriendo. ¿Todas? No, Nausícaa no. Nausícaa era la más noble, la más hermosa, la de más alta cuna: era la hija del rey. Esa misma noche Atenea se había colado en sus sueños: la muchacha había soñado que encontraba marido.

Pero difícilmente podía ver en aquel hombre de tan horrible aspecto un pretendiente. En cualquier caso, la hija del rey no tiene miedo, sino curiosidad. ¿Quién es aquel extraño?

Y esos momentos de indecisión, de espera, los sabe aprovechar muy bien Ulises. Si su físico estaba por los suelos, su retórica, su labia, era la de siempre. Le habló con dulces palabras, refinadas, poéticas. Nausícaa se maravilla: “Tus palabras desdicen tu aspecto” contesta. “No pareces un kakós”, esto es, un pordiosero, un plebeyo, o, en términos modernos, un miembro del lumpen.

¿Qué ocurre entonces? ¿Será que el “eterno femenino” volverá a retrasar una vez más el regreso de Ulises? Oh, Penélope, y tú mientras ingeniando arduas tretas con las que engañar a los voraces pretendientes para salvaguardar tu fidelidad…

Publicado en: Los viajes de Ulises

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