Ulises y la maldición de Polifemo y el odre de los vientos

el dios eolo

Habíamos dejado el relato de la Odisea en el momento en el que los griegos se subían a sus barcos y abandonaban la isla de los Cíclopes. Mientras Polifemo, cegado, les tira piedras al azar, Ulises, tal vez llevado por las bajas pasiones de la arrogancia, va a cometer un disparate: revela al fin su identidad.

En efecto, ya fuera del alcance de la brutalidad ciclópea, el rey de Ítaca grita a pleno pulmón: “¡Si te preguntan, Cíclope, quién te ha cegado, diles que ha sido Ulises, hijo de Laertes, vencedor de Troya, rey de Ítaca!”.

¡Insensato! Acto seguido, Polifemo lo maldice: le pide a su padre, Poseidón, el poderoso señor de los mares, que el nombre de Ulises se borre en las aguas o que si él mismo debe llegar a Ítaca (porque otros dioses lo protegen, como Atenea), sólo lo logre después de incontables penalidades, tras vagar durante años sin rumbo y perder a todos sus compañeros. Y así será.

Los griegos arriban a la isla de Eolo, dios del viento. La familia de Eolo vive aislada. De hecho se reproduce de manera incestuosa. Pero Eolo conoce a Ulises, héroe de la gran guerra de Troya, y lo recibe con hospitalidad. Ulises lo divierte con las historias del mundo y de sus gentes. El último día, el dios del viento le hace un regalo precioso.

Se trata de un odre que contiene todos los vientos. Todos, menos el que sopla dirección Ítaca. “Ahora, dice Eolo, podréis llegar a vuestra patria. Este viento os llevará. Sólo debes evitar abrir el odre”. Contentísimo, el esposo de Penélope ordena a los suyos partir inmediatamente. Parece, pues, que la maldición de Polifemo no tendrá consecuencias…

Las naves de Ulises avanzan veloces. De noche, aquél distingue la costa de su patria: Ítaca. Por fin, se dice. Está cansado. Ebrio de felicidad, se duerme. Pero, ay, el resto de griegos sienten una curiosidad enorme por saber qué le había entregado Eolo. No son ladrones, y Ulises es su señor. Pero sienten curiosidad. Suponen tesoros valiosísimos. Deciden echar una ojeada, rápida, sin más. Abren el odre y…y se desata la madre de los vientos.

En medio de gigantescas olas, el temporal los devuelve a la isla de Eolo. Sólo que ahora el recibimiento es otro. Eolo se extraña al volver a ver a los griegos. ¿Qué hacéis aquí? pregunta. Ulises se lamenta. Se quedó dormido, sus compañeros abrieron el odre a sus espaldas y…

El dios del viento lo corta. Se enfada. Sospecha algo terrible. Tal calamidad sólo es posible si sobre ti pesa la mayor de las maldiciones. Estás maldito, proscrito por los dioses del Olimpo. Y Eolo se va, no quiere saber nada de Ulises. Los griegos parten de nuevo. Sus caras reflejan el desánimo. Y eso que desconocen lo que les espera…

Publicado en: Los viajes de Ulises

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2 comentarios

Comments RSS

  1. carlitros dice:

    Excelente descripcion

  2. jose gomis dice:

    ¿De dónde es la imagen de Eolo?

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