La Odisea de Ulises

Mar Egeo e Islas Griegas

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca/ debes rogar que el camino sea largo/lleno de aventuras, lleno de experiencias. No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes/ ni la cólera del airado Poseidón… Así comienza Ítaca, poema maravilloso donde el gran Konstantinos Kavafis nos descubre, a todos nosotros, potenciales Ulises, que lo que verdaderamente importa a la hora de emprender una travesía (metáfora de la propia vida) no es tanto el destino, el punto al que se quiera llegar, cuanto la experiencia del viaje mismo. Ahora, además, esos versos nos sirven de pretexto para rememorar las aventuras de Odiseo, es decir Ulises, narradas en la Odisea.

Derrotados los troyanos gracias a la artimaña del gran caballo de madera (sugerida por el propio Ulises), los griegos atentan contra la justicia universal que mantiene el cosmos en sus límites (según las nociones de la mentalidad de la Grecia arcaica) cuando se entregan a un saqueo desmesurado de Troya. Pasan a cuchillo a los varones, violan a las mujeres, esclavizan a los niños. Es decir, se dejan llevar por la desmesura, por la hybris.

Pero toda hybris era castigada en aquel mundo de dioses y hombres. Así que, echados a la mar, pocos griegos llegarían a ver de nuevo el hogar. Incluso aquellos que finalmente lo consiguieron, caso de Agamenón (caudillo de los ejércitos aqueos), sufrirían un final atroz (asesinado por su esposa Clitemnestra).

Ulises parte desde la costa de Asia Menor (Troya se encontraría en algún punto de lo que hoy es Turquía) al mando de sus doce naves (era rey de Ítaca, pequeño reino que no podía aportar muchos hombres para la guerra). Tras diez años frente a los muros de la noble Ílion (Troya), su único deseo era el de abrazar a su mujer Penélope y a un hijo al que apenas conocía: Telémaco estaba recién nacido cuando Ulises hubo de marchar a Troya.

Poco podía saber Ulises que pasaría otros diez años vagando por mares (en el contexto del Mediterráneo) que desconocía, juguete ya de la fortuna o de los propios caprichos humanos, arribando a costas habitadas por monstruos, cíclopes y caníbales, salvando la vida a veces por menos de un suspiro o, en ocasiones, disfrutando de paraísos recónditos en compañía de brujas buenas de inhumana belleza o ninfas encantadoras.

Y mientras el rey de Ítaca deambulaba como un mendigo por aguas en las que el único señor era Poseidón, su enemigo, su reino se lo disputaban aquellos cuya desvergonzada osadía los había llevado incluso a tomarse la confianza de instalarse en el palacio de Ulises, cortejando toscamente a la delicada Penélope. La esposa de Ulises destejía de noche lo que hilaba de día, esperando desesperanzada un milagro: la llegada de su marido.

Quisiéramos evocar de manera periódica algunos de los capítulos de ese libro de libros, la Odisea. Emprender un viaje paralelo al del propio Ulises en el que, siguiendo a Kavafis, importe menos el llegar a ningún sitio que el simple disfrutar de los dulces momentos que nos regala una travesía con tan ilustre compañero.

Publicado en: Los viajes de Ulises

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