La Rusalka, ninfa acuatica de la mitologia eslava

Rusalka, cuadro de Konstantin Vasiliev

En la mitología eslava existen unos espíritus femeninos del agua llamados rusalkas, los cuales habitan en ríos, lagos y, a veces, zonas costeras. Por lo general, se las describe como mujeres hermosas de piel nívea y larga melena verde. Sus ojos son completamente blancos, si es que en ellos no arde un intenso fuego del mismo color que su pelo. Sus ropajes suelen consistir en una túnica blanca o en escuetos vestidos confeccionados con hojas del bosque.

Las rusalkas pasan la mayor parte del año bajo el agua. Hasta principios de junio no abandonan sus hogares subacuáticos, que pueden ser tanto lujosos salones de cristal como modestos nidos hechos de plumas y paja. Entonces, sobre todo por las noches, salen a la orilla y se dedican a hilar, lavar lino o, sobre todo, entonar extrañas canciones desconocidas para el resto de los mortales. También suelen subir a los árboles cercanos al cauce del río, en cuyas ramas les gusta columpiarse, sobre todo si se trata de un sauce o un abedul, y de las cuales solo bajan para ejecutar insólitas danzas en grupo. Allí donde bailan las rusalkas la hierba crece más fuerte, abundante y verde.

Dicen que si el pelo de una rusalka deja de estar húmedo, esta muere. Por ello, siempre que se alejan del agua, internándose en el bosque o el campo, llevan con ellas su peine; al peinarse un pequeño chorro de agua fluye de él.

Para los humanos su proximidad puede resultar peligrosa.

Cuando alguien, sea hombre o mujer, las sorprende bañándose en el río, lo intentan atraer al agua mediante argumentos aparentemente inocentes o hipnotizándole con su mágico canto, y, una vez allí, lo ahogan o le hacen cosquillas hasta provocarle la muerte. Quien las encuentra mientras bailan, se siente impelido a imitar sus contorsiones, quedando deformado o aquejado del baile de San Vito para el resto de su vida.

Según afirman en Bielorrusia, para protegerse de las rusalkas hay que arrojarles un pañuelo o, en su defecto, un jirón de la propia ropa. En otras zonas se dice que basta con llevar en la mano una ramita de ajenjo.

A principios de junio tiene lugar la Semana de las Rusalkas, durante la cual es peligroso bañarse en el río y no se debe trabajar, ya que si las rusalkas se enteran acabarán con el ganado y las aves de corral del infractor. Resulta conveniente tenerlas contentas, pues ellas pueden incidir en la calidad de las cosechas provocando lluvias o acunando a las mazorcas de maíz con sus cánticos. A veces también estropean las ruedas de los molinos y rompen las redes de los pescadores, aunque es probable que realicen estos detrozos de forma involuntaria.

Antes de ser sobrenaturales ninfas acuáticas, algunas de las rusalkas fueron mujeres normales. El alma de las jóvenes que se suicidan, mueren estranguladas o ahogadas puede convertirse en rusalka. Para evitarlo, sus familiares han de realizar ciertas ofrendas frente a su tumba durante la Semana de las Rusalkas: verter alguna bebida alcohólica, romper varios Huevos de Pascua y dejar unas tortitas cocinadas en casa, tras lo cual deben cantar una plegaria a las rusalkas.

También las almas de los niños muertos antes de nacer o de ser bautizados pueden convertirse en rusalka, en este caso en un tipo especial que tiene la apariencia de una niña de siete años. Las rusalkas adultas se llevan estas almas de las tumbas y los velatorios, y las conducen a su morada subacuática. Cada Semana Santa, durante siete años sucesivos, el alma del niño tiene permitido salir a buscar a alguien que la bautice. Tras oír de boca de un ser humano: “Te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, será libre de emprender su camino hacia el Cielo.

Publicado en: Mitologia eslava

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