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un mundo de misterios por descubrir
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Archive for Febrero, 2008

El batallon de Norfolk

Febrero 28, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Realidad o Ficcion No Comments →

Las guerras parecen, en principio, poco propicias para manifestaciones supuestamente misteriosas. Sin embargo, no faltan testimonios de apariciones y desapariciones sin explicación racional acaecidas en los campos de batalla. Al menos en los de épocas pasadas. En agosto de 1914, por ejemplo, después de que un periódico londinense publicara un relato de Arthur Machen en el cual San Jorge enviaba un grupo de arqueros fantasmales para ayudar al ejército inglés, soldados británicos comenzaron a informar desde el frente de la aparición real de tales arqueros y del propio San Jorge. Soldados franceses avistaron poco después en Mons a San Miguel y a Juana de Arco. También durante la Primera Guerra Mundial, pero en la campaña de los Dardanelos, se produciría uno de los casos de desaparición más célebres: el 5ª batallón del Regimiento Real de Norfolk, compuesto por 267 hombres, se desvaneció al atravesar una extraña nube.

batallón entrando en la niebla

Entre marzo y agosto de 1915 las tropas aliadas tratan de conquistar la península de Gallípoli (Turquía). El 21 de agosto, al sur de la bahía de Suyla, 22 soldados neozelandeses pertenecientes al cuerpo de ingenieros observan desde una posición elevada cómo tropas del Comando Unido de Australia y Nueva Zelanda (CUANZ) intentan tomar la cota 60. A media mañana ven una densa nube de forma singular descender hasta cubrir el lecho seco de un río cercano a esa cota. Aparece entonces un batallón inglés, que sube por el lecho del río para ir a apoyar a la CUANZ. Los soldados británicos continúan su marcha, entrando en la nube. Pero no saldrán de ella. Nada más desaparecer el último de los ingleses en su interior, la nube se eleva suavemente para alejarse flotando poco a poco, en dirección contraria a la del viento.

Tres de los soldados neocelandés relatarán este incidente 50 años después, durante una reunión conmemorativa de la CUANZ. Documentos de la época corroboran que un batallón del regimiento Norfolk, el quinto, desapareció en Gallípoli durante un ataque, pero demuestran también que los tres testigos, tal vez por el tiempo transcurrido desde entonces, cometieron bastantes imprecisiones en su narración. Para empezar, ellos hablaban de un regimiento entero, no de un batallón; el hecho tuvo lugar el 12 de agosto, no el 21, y sucedió a 5 km del lugar que pensaban.

tropas aliadas en Gall�poli

Por otro lado, cabe decir que aunque el 5º de Norfolk figura como desaparecido, en 1919 se recuperaron 122 de sus cadáveres, y la ausencia de los otros 145 tal vez se explicaría por un fenómeno de putrefacción acelerada. Todo esto lleva a dudar del testimonio de los tres ingenieros neozelandeses, a quienes pudo haber confundido un efecto óptico, o cuyos recuerdos pudieron verse distorsionados por el paso de los años y la sugestión mutua.

De todas maneras, el batallón de Norfolk no es el único grupo de soldados desparecido misteriosamente a lo largo de la Historia. En 1707, 4000 hombres del archiduque Carlos de Habsburgo desaparecieron sin dejar rastro mientras cruzaban los Pirineos; en 1858, un cuerpo expedicionario francés de 650 zuavos se evaporó camino de Saigón; en diciembre de 1923, 3000 soldados chinos apostados a lo largo de Yang-Tsé se volatilizaron durante la noche. ¿Deserciones masivas o hechos extraños sin explicación natural?

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Ieltxu, el genio vasco que se esconde en la noche

Febrero 26, 2008 By: Javier Gomez Category: Mitologia vasca, Mitologia, Leyendas No Comments →

La mitología vasca no tiene ni dioses ni leyendas sonadas. Sólo historias de amor o dolor y cuentos de pequeños genios que intentan llevarse a los niños con falsas promesas.

Ieltxu mitologia vasca 

Uno de esos genios es Ieltxu, un habitante de Vizcaya que algunas leyendas sitúan en las montañas de Busturiam en una zona que suele estar permanentemente cubiertas de nieblas. Pero, ¿quién es? nadie lo ha visto, nadie lo conoce, nadie puede decir cómo es. Hace ya un siglo Resurreción de Maria Azkue y el padre Barandiarán lo describieron como un ave que se presentaba de noche cuando nadie lo esperaba ni llamaba. Y cuando lo hacía, lanzaba fuego por la boca, como si de un dragón se tratara, antes de escapar, de modo que quien lo veía era arrastrado a seguirlo.

Pero cuenta la leyenda que este extraño ser es capaz de desorientar alterando las luces y las sombras de la luna. El caminante que lo sigue se despista, atravesando los bosques a los que los lleva, sin darse cuenta que en su extravío, Ieltxu los conduce hacia abismos o desfiladeros.

Quien lo vé corre tras él, sin mirar abajo, sin fijarse en los pasos que dan, hasta que ya es demasiado tarde…

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La Bruja Blanca de Rose Hall

Febrero 24, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Leyendas 1 Comment →

“Sigue recogiendo la caña,
y no mires la Mansión de la Rosa.
Sigue recogiendo la caña,
y no escuches los gritos de la tierra.

Sigue recogiendo la caña,
y no preguntes el nombre del compañero ausente,
pues sabes que no volverá
y su nombre lo borrará el viento.

Sigue recogiendo la caña,
y no subas a la Mansión de la Rosa,
pues allí te espera la Bruja Blanca,
con un cuchillo sangrante en la mano.”

(“The White Witch”, canción tradicional jamaicana)

Rose Hall

El desafortunado John Palmer conoció a Annie Mae Patterson en 1820. Poco podía imaginar que tras casarse con ella, convirtiéndola en la señora de Rose Hall, su joven esposa le acuchillaría hasta matarlo. A John Palmer le sucedieron otros dos maridos; el segundo fue envenenado, el tercero, estrangulado. Siguiendo las órdenes de Annie, algunos esclavos sacaron los cadáveres a través de secretos pasadizos subterráneos y los enterraron bajo la arena blanca de la playa. La dama achacó las tres muertes a la fiebre amarilla, sin que tal coincidencia extrañase al resto de terratenientes de Montego Bay. Tal vez no sospecharon nada, o tal vez prefirieron no hacer preguntas cuya respuesta sabían incómoda.

Dentro de su plantación de Rose Hall, Annie Palmer tenía poder absoluto, y lo utilizaba de forma arbitraria, cruel y sangrienta. En la mazmorra situada en los sótanos de la mansión torturaba a los esclavos indisciplinados con total impunidad. Cuando sentía la llamada de la carne, bajaba hasta los barracones en que vivían sus esclavos a escoger un compañero de alcoba. En cuanto se cansaba de él, el pobre diablo era ejecutado sin contemplaciones.

A pesar de todo, pocos intentaban escapar de Rose Hall: grandes cepos escondidos a lo largo del perímetro de la plantación disuadían a los hipotéticos prófugos; y algunas noches las propia Annie salía a caballo a perseguir a los que no cumplían el toque de queda. Las presas de la amazona eran encadenadas, marcadas a fuego y devueltas a su barracón.

La plantación de Rose Hall comprendía más de 300 km², y contaba con 2000 esclavos. Todas las plantaciones coloniales jamaicanas consistían en vastos territorios dominados por una gran mansión construida de tal manera que resultase visible desde muchos kilómetros a la redonda. El propietario de la plantación era como un señor feudal, y la mansión, su castillo. La jerarquía separaba a una mayoría explotada de la minoría explotadora, dando lugar a sistema social sostenido por el miedo, algo que Annie Palmer sabía cultivar muy bien.

Annie infundía en los esclavos un temor que iba mucho más allá de lo físico; podía infligir un daño peor que la laceración del látigo y el dolor punzante del cuchillo. Annie Palmer, la refinada señorita blanca, había aprendido en Haití los secretos del vudú, convirtiéndose en una poderosa hechicera. Utilizaba su magia contra todo aquel que se interpusiera en su camino, bien fuese una rival en amores o algún vecino molesto, y cuentan que llegó a sacrificar niños para usar sus huesos en rituales. Ningún bokor, mambo u hougan igualaba en poder a Annie Palmer.

dormitorio de Rose Hall

Aunque el reino del terror que había establecido en Rose Hall parecía invulnerable, se avecinaban cambios importantes que iban a afectar a la base de la sociedad colonial jamaicana. El parlamento británico votó a favor de abolir la esclavitud. Los terratenientes de Jamaica retrasaron todo lo que pudieron la aplicación de las nuevas leyes, pero esto generó una gran tensión con la población negra que en 1830 estalló en violentas revueltas a lo largo de toda la isla.

La rebelión llegó también a Rose Hall. Al fin la ira fue más fuerte que el miedo: una partida de insurrectos entró en la mansión, subió las grandes escaleras e irrumpió en la habitación de Annie Palmer. Tras matar a la Bruja Blanca, desfiguraron su cadáver y lo arrojaron por la ventana. Un vecino enterró sus restos en una tumba sin señalar, en tres de cuyos lados alguien colocó tres cruces para contener el poder de la hechicera. El cuarto lado quedaba libre, de tal forma que su espíritu podría salir a vagar por la Tierra cuando desease.

interior de Rose Hall

Así termina la leyenda de Annie Palmer, de quien en realidad apenas se sabe si existió. Sin embargo, el trasfondo histórico de la narración es completamente verídico, y su protagonista, la Bruja Blanca, ha pasado a ser un personaje básico del folklore jamaicano. En 1931 H. G. Lisser escribió una novela sobre la leyenda titulada The White Witch of Rose Hall, que serviría al grupo de rock ocultista Coven como inspiración para un vibrante tema del mismo nombre.

En la actualidad la mansión de Rose Hall está abierta a los visitantes, y es una auténtica joya histórica, una de las pocas residencias de los propietarios de plantaciones conservada, ya que la mayor parte de las 700 que había ardieron durante las revueltas de los esclavos. Se mantiene casi como cuando la Bruja Blanca vivía en ella. Cuentan que durante los trabajos de restauración aparecieron manchas de sangre en las paredes de una habitación, precisamente aquella en la cual Annie Palmer habría acuchillado a su primer marido.

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Los ultimos caballeros templarios y el Pergamino de Chinon

Febrero 22, 2008 By: Javier Gomez Category: Varios 5 Comments →

El 13 de octubre de 1307 comenzaron las detenciones, por orden real, de todos los caballeros templarios en Francia. Comenzaron los interrogatorios, los torturaron, y finalmente, acabaron reconociendo que aquellas acusaciones por las que habían sido detenidos, herejía y sodomía entre otras, eran ciertas. Clemente V, Papa de aquella época, ordenó también la detención de los templarios que estaban en todo Occidente y en Chipre, y casi 600 caballeros más fueron llevados a París para ser juzgados. Corría ya el año 1309, y en esos dos años, algunos de aquellos primeros templarios detenidos, se retractaron de las declaraciones iniciales convirtiéndose así en relapsos. 54 de ellos fueron ejecutados en la hoguera en mayo de 1310.

Templarios

En el Concilio de Vienne, en el año 1312, Clemente V dictó la bula Vox in excelso por la que suprimió la Orden del Temple quedando sólo pendiente de sentencia los casos de sus cuatro más importantes dirigentes: Jacques de Molay, Geoffrey de Charney, Hughes de Pairaud y Geoffrey de Gonneville.

Tras declararse inocentes, los dos primeros fueron llevados frente a la catedral de Notre Dame de París, y ante todo el pueblo, fueron quemados. Jacques de Molay, Maestre del Temple murió en la hoguera el 18 de marzo de 1314 no sin antes lanzar una maldición contra los dos culpables de su detención, el Papa Clemente V y el Rey Felipe IV instándolos a presentarse ante el Altísimo en menos de un año. Ambos, el Papa y el Rey murieron en pocos meses.

Pero éste no es sino un breve resumen de los hechos que ocurrieron entre 1307 y 1314. ¿Qué fue lo que llevó a la desaparición de la Orden Templaria? ¿Hubo una conspiración contra ellos? A la vista de un documento, y aunque ya se sabía, que ha sacado el Vaticano a la luz en octubre del año pasado, está claro que sí. Esos documentos que han permanecido durante 700 años ocultos en los Archivos Secretos del Vaticano muestran lo ocurrido en los juicios que se realizaron contra los templarios en el castillo de Chinon.: es el tomo titulado “Procesus contra Templarios” y ya se le conoce como “Pergamino de Chinon” en el que el Papa Clemente V concedió la absolución a los caballeros templarios reconociendo que no había motivos para su enjuiciamiento.

Pergamino de Chinon

Remontándonos a aquellos años, varias fueron las causas que llevaron a que una orden tan rica y poderosa como la del Temple desapareciera.

Inicialmente la Orden nació con el fin de preservar la religión católica y sus posesiones en el Mundo. Lo mismo ocurría con mucha otras ordenes militares, como los caballeros Hospitalarios, cuyo fin último era recuperar para la Cristiandad territorios sagrados de manos de los árabes. Sin embargo, cuando en en el transcurso de la batalla de Juan de Acre, en el año 1291, perdieron las últimas de las posesiones en Tierra Santa, su razón de ser desapareció y con todo su poder y riquezas se convirtieron en un peligro para el orden gubernamental del momento. Así se lo temió Felipe IV el Hermoso, quien veía inmiscuirse en muchos temas a los Caballeros Templarios, quienes a su vez sólo tenían que rendir cuentas al Papa, permaneciendo intocables para el propio Rey.

Por otro lado, tampoco sus hazañas eran bien recibidas entre el pueblo, pues suponían un costo extra que habían de soportar ellos mismos, dado que las ordenes militares estaban exentas del pago de impuestos.

Felipe IV, el principal impulsor de la lucha contra los templarios, además, odiaba a su Gran Maestre, Jacques de Molay, quien había accedido al puesto a costa del gran amigo del Rey, Hugo de Peraud.

Pero fue el dinero el gran motivo que impulsó a Felipe IV el Hermoso a comenzar la campaña persecutoria contra los Templarios. Las continuas luchas del reino contra Inglaterra y Flandes estaban vaciando las arcas, y Felipe IV andaba muy necesitado de dinero. Varias veces había tenido que acudir a los inmensos tesoros templarios, solicitándoles un préstamo. Las deudas con ellos aumentaban, y por tanto, eliminarlos suponía automáticamente que todas las deudas del Estado con los Templarios desaparecieran, y además, cabía la posibilidad de quedarse con todas las posesiones de los caballeros de la Orden.

Templarios en la hoguera

Clemente V, al que ahora exculpa la Iglesia de aquella persecución en el pergamino de Chinon, no fue sino una simple marioneta en manos del Rey, más por miedo a ser asesinado o arrinconado como lo había sido su antecesor Bonifacio VIII, que por falta de poder, ya que era prerrogativa del Papado la dirección de todas las ordenes militares.

Perseguidos, cruelmente torturados y finalmente quemados en la hoguera, aquellos Caballeros Templarios de los que tantas leyendas e historias se han escrito desaparecieron en aquel año de 1314… o quizás no…

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Supersticiones marítimas

Febrero 20, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Tradiciones 3 Comments →

Los marineros se han refugiado siempre en una serie de creencias que les ayudan a soportar las duras condiciones de la vida en el mar. Cuando viajas en un barco sólo una débil estructura de acero (o madera) te separa de perecer en la inmensidad del océano. Las supersticiones aportan entonces una cierta sensación de control sobre elementos decisivos para la supervivencia, la mayor parte de las veces tan azarosos como, por ejemplo, las condiciones atmosféricas. Si no rompes ningún tabú y adoptas las medidas adecuadas la ira de los dioses se aplaca, la tormenta no estalla, el viento sopla favorable y tu barco llega sano y salvo a puerto.

velero en una tormenta

Recogemos aquí creencias de épocas diversas:

1) Los barcos, como las personas. Cada navío tiene un nombre distinto y, en cierta manera, su propia personalidad. A veces se les personifica hasta el extremo de atribuirles buena o mala suerte. Siempre han existido barcos con fama de gafe, y otros de los cuales se decía que disfrutaban siempre de tiempo favorable y que, en ocasiones, si sus tripulantes necesitaban algún producto lo encontraban casualmente a la deriva.

La botadura de un barco equivale a su bautizo, y constituye un momento de bastante carga simbólica. La costumbre de romper una botella de champagne contra el casco tiene su origen en la antigüedad, cuando se vertía vino tinto en la cubierta como libación a los dioses del mar. Los vikingos hacían esta ofrenda con la sangre de algún prisionero sobre cuya espalda arrastraban el barco al bajarlo al mar.

El nombre del navío también es importante. Los armadores de épocas pasadas intentaban evitar aquellos relacionados con el fuego, los relámpagos o las tormentas. Según algunos, no se debía cambiar nunca el nombre del barco, aunque entre los piratas era práctica habitual.

2) Malos augurios. Existían fechas nefastas durante las cuales nadie debía abandonar el puerto. En el ámbito anglosajón se consideraba tentar a la suerte salir al mar los viernes (día en que crucificaron a Jesucristo), el primer lunes de abril (día en que Caín mató a Abel), el segundo lunes de agosto (día en que Dios Castigó a Sodoma y Gomorra) o el 31 de diciembre. Los miércoles, sin embargo, eran días favorables. Por otro lado, constituía un mal presagio escuchar las campanas de una iglesia desde el barco mientras este zarpaba.

También podía haber señales positivas. La mejor, los fuegos de San Telmo, esa luminiscencia que aparece en los extremos de los palos del barco bajo unas determinadas condiciones atmosféricas. No obstante, en algunas zonas se creía que si iluminaban a un marinero este moriría antes de que pasaran 24 horas.

mascarón de proa del Cutty Sark

3) Amuletos y objetos gafe. En la Isla de Man consideraban que una pluma de reyezuelo constituía un buen amuleto contra los naufragios y los ahogamientos, aunque sus propiedades sólo duraban doce meses. En otras zonas era habitual llevar un aro de metal en la oreja para alejar las tormentas.

Con el objetivo de proteger al barco y a su futura tripulación, los armadores colocaban una moneda bajo el palo mayor, tal vez como pago preventivo al barquero infernal Caronte. Una estrella polar dibujada en el extremo del bauprés también ayudaba. Sin embargo, la protección del barco y su tripulación recaía sobre todo en el mascarón de proa. En su origen, los mascarones iban dentro del barco, cumpliendo una función religiosa: primero como cabezas de animales sacrificados a los dioses, después estas fueron sustituidas por tallas de madera. Finalmente pasaron a la proa, bajo la forma de algún animal totémico o alguna deidad marina, hasta que a principios del XIX se popularizaron las figuras femeninas (vestidas o no), por la creencia de que su visión amansaba a los dioses del mar. Si el mascaron fallaba en su cometido, y por tanto el barco naufragaba, se le cortaba la cabeza para que no volviera a ser utilizado.

A bordo se consideraba que traían mal fario las flores y los paraguas. También entregar una bandera a alguien a través de los travesaños de una escalera o ponerse la ropa de un compañero fallecido antes de terminar la travesía.

4) Animales. En términos generales estaba mal vista la presencia en el barco de animales con pelo, al contrario que la de los animales con plumas. Aunque había excepciones: que un gallo cantase a bordo era una señal inequívoca de mala suerte, y la presencia de un gato siempre era apreciada, ya que mantenían a raya a los ratones y proporcionaban distracción a los marineros, aunque algunos creían que los de su especie podían invocar tormentas.

Aunque a veces una aleta de tiburón podía servir de talismán, un tiburón siguiendo al barco por el lado de popa presagiaba la muerte de algún tripulante.

Infligir daño a un albatros podía acarrear consecuencias nefastas, como las que sufre el protagonista del poema “La canción del viejo marinero”, de S. T. Coleridge, al parecer inspirado por la vida del corsario George Shelvocke, quien tras matar a un albatros tuvo siempre mal tiempo. La causa de este tabú radicaba en la creencia de que los marinos muertos se reencarnaban en albatros.

albatros

5) Pasajeros peligrosos. Uno de los grupos de supersticiones marineras más curioso es el referente a pasajeros supuestamente funestos. Resulta ya un clásico la creencia de que las mujeres a bordo atraen las tempestades. Los curas también suponían una presencia funesta, al igual que los finlandeses, que tenían fama de ser brujos capaces de hechizar el barco e invocar tormentas.

Pero con independencia de su nacionalidad o condición, cualquiera tenía prohibido silbar a bordo, actividad que podía despertar a los vientos y provocar un temporal, o hacer sonar el cristal de una copa, ya que esto provocaba en algun lugar distante el ahogamiento de un marino.

Los difuntos tampoco eran pasajeros apreciados. A nadie le gustaba transportar un ataúd en su barco, y los marineros que morían en alta mar eran arrojados al océano envueltos en una mortaja de lona con una bala de cañón dentro. La última puntada que cosía la mortaja atravesaba la nariz del fallecido, para que su fantasma no persiguiese al barco. Los ataúdes constituían una mala carga incluso vacíos.

6) ¡Hombre al agua! Pocas experiencias debe de haber más terribles que caer al agua en alta mar y ver cómo tu barco se aleja poco a poco. En épocas pretéritas muchos marineros no sabían nadar, y además se consideraba fuente de mala suerte rescatar a una persona que se estuviera ahogando. Suponía inmiscuirse en los asuntos de los dioses del mar o del destino. Por otro lado, cuando alguien moría ahogado, su cadáver, según creencia muy extendida, iba directo al fondo del mar, a los nueve días regresaba a la superficie y después se hundía definitivamente. Ver un cadáver durante ese breve periodo de tiempo era un mal presagio.

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El oro de los incas

Febrero 17, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Leyendas 1 Comment →

Los indios del Incario aprendieron a sangre y fuego que el oro enloquecía a los españoles. Cuando Francisco Pizarro apresó traicioneramente al Inca Atahualpa, este intentó comprar su libertad a cambio de una habitación llena de aquel metal amarillo que los invasores tanto veneraban. Pizarro aceptó el trato y los súbditos de Atahualpa juntaron oro suficiente como para llenar una habitación, pero después el conquistador no cumplió su palabra. A Francisco Pizarro no le bastaba con una habitación, él quería un imperio entero, uno al menos tan esplendoroso como el que su primo Hernán Cortes había convertido en Nueva España. Y para completar sus ambiciones no podía permitirse el lujo de liberar al emperador inca. De ninguna manera; incluso prisionero, Atahualpa podía convertirse en un estorbo. Para eliminarlo de forma solapada, Pizarro organizó una pantomima de juicio en la que le acusaba de, entre otras cosas, idolatría, poligamia y conspiración contra el rey de España. El emperador fue condenado a muerte ante la confusión de sus súbditos. A pesar de las objeciones de los propios lugartenientes de Pizarro, el señor de los incas moriría ejecutado.

ejecución de Atahualpa

Cuentan que, mientras se celebraba el juicio, algunos vasallos del Inca abrigaron la esperanza de que si juntaban el oro suficiente, mucho más que la vez anterior, los españoles se darían por satisfechos y soltarían a Atahualpa. Los fieles súbditos del Inca recorrieron las cuatro partes del Tahuantinsuyo, juntando todo el oro y las joyas que pudieron encontrar, y en interminable caravana se dirigieron a Cajamarca a hablar con los españoles. Pero antes de llegar recibieron la funesta noticia: la sentencia había sido ejecutada. Ya nada se podía hacer al respecto, por lo que abandonaron su camino.

No está claro qué hicieron los vasallos del Inca con aquel tesoro, si es que alguna vez existió realmente. Algunos dicen que lo enterraron bajo tierra, otros que en el fondo de una gruta sagrada a la que sólo algunos sacerdotes indígenas sabían llegar, los más afirman que se lo llevaron con ellos a una ciudad secreta en las montañas, la legendaria Paititi, último refugio y bastión inca que los españoles nunca encontraron (y que muchos aún siguen buscando).

El caso es que nadie sabe qué fue del tesoro de los incas; y su recuerdo ha excitado durante siglos la imaginación de los aventureros, dando origen a un sinnúmero de leyendas. Una de ellas sitúa parte del tesoro en las cercanías de la localidad peruana de Locumba. La historia que narra está ambientada durante el siglo XIX, y empieza contando cómo un día a principios de siglo el cura de Locumba fue llamado para atender a un indio moribundo.

Locumba

El indio pasaba ya de centenario, y se llamaba Mariano Choquemamani. Tras recibir la extrema unción, desde aquel humilde camastro en el que se moría de puro viejo, le confesó al cura que era descendiente de Titu Atauchi, cacique de los tiempos de Atahualpa. Titu Atauchi había formado parte de la caravana que se dirigió a Cajamarca para intentar liberar al Inca. Cuando esta se disolvió, una parte importante del tesoro quedó a su cargo. Para que no cayera en manos de los españoles decidió enterrarlo en una montaña cercana a Locumba que se llamaba igual que el pueblo. Titu Atauchi se suicidó sobre el tesoro y sus hombres lo sepultaron con él.

Una capa de arena fina cubrió el sepulcro del cacique. Con el paso del tiempo, encima crecieron hierbas y arbustos, y se amontonaron piedras y cascajos. Un antepasado de Mariano Choquemamani había colocado sobre la tierra unas esteras de caña y un esqueleto de loro para señalar el lugar. Se suponía que junto al cacique, además del oro, estaba enterrado también un gran cesto de mimbre de contenido desconocido.

Mariano Choquemamani no tenía descendientes a quien transmitir el secreto, y por eso se lo contaba al cura. Le dijo a este que así si alguna vez necesitaba el dinero para arreglar la iglesia podría ir y desenterrar el tesoro.

El sacerdote escuchó con atención aquella historia acerca de cuya autenticidad no sabía muy bien qué pensar. Pasarían los años sin que nunca se decidiera a buscar el tesoro. Llegó un día en que se sintió mayor y quiso regresar a su tierra natal. Antes de abandonar Locumba confió a su sucesor en la parroquia la historia del indio Choquemamani.

objeto inca de oro

El nuevo sacerdote viviría tranquilo, sin más preocupaciones que las propias de su puesto; hasta que un día un terremoto sacudió el pueblo, derribando varias casas, incluida la iglesia.

El cura recordó entonces la historia que le había referido su antecesor acerca del oro de los incas y pensó que aquella era una ocasión oportuna para intentar averiguar si era cierta. Reunió a todos los vecinos del pueblo, ricos y pobres, blancos, indios y mestizos, y les reveló el secreto, así como su intención de buscar el tesoro. Un indio apareció entre la multitud, un anciano tuerto que se opuso de forma vehemente. “El cacique Titu Atauchi ha sellado el sepulcro con su sangre”, dijo, “dejando al tesoro maldito. Si alguien profana el descanso del cacique, eso traerá la ruina al pueblo de Locumba. Entonces sí que ninguna casa quedará en pie”. Las palabras del anciano hicieron tal efecto en el resto de los indios que el cura prefirió abandonar su proyecto.

No obstante, unos meses después varios vecinos adinerados decidieron asociarse para buscar el tesoro por su cuenta. Subieron al alto de Locumba y encontraron las esteras de caña y el esqueleto del loro. Pero al ver los restos del loro, los indios contratados para excavar el lugar recordaron las palabras del anciano tuerto y se amotinaron. Normalmente dóciles a las órdenes de su capataz, se tornaron fieros y amenazaron con asesinar al primero que se atreviera a hundir su pala en la tierra que cubría la tumba del cacique. De mala gana, los vecinos tuvieron que desistir.

Pasaron los años por Locumba, llevándose a algunos de sus habitantes y trayendo a otros nuevos. Uno de los recién llegados era un hacendado ex ministro que se instaló en sus posesiones del valle. Alguien le narró a este poderoso personaje la historia del cacique Tito Atauchi, y el terrateniente organizó una nueva sociedad para desenterrar el tesoro.

Pío Cornejo, pues así se llamaba el antiguo ministro, no halló oposición entre los indios. El anciano tuerto hacía tiempo que había fallecido y sus palabras apenas se recordaban. Por tanto, una nueva partida de buscadores de tesoros subió al monte Locumba y encontró otra vez las esteras de caña y el esqueleto del loro. Los peones que habían contratado extrajeron las piedras, apartaron las esteras de caña y cavaron, cavaron en la tierra arenosa que había debajo. Pronto apareció la canasta de mimbre que el indio Choquemamani había asegurado estaba enterrada junto al cacique.

Al abrirla encontraron en su interior una vicuña muerta que, momificada, se conservaba casi como el día en que la habían enterrado. Esto asustó mucho a los indios, que lo consideraron una señal de mal agüero. Alguno recordó entonces las advertencias del anciano, y todos los indios abandonaron el lugar sin hacer caso a las palabras de don Pío Cornejo y sus socios. No hubo amenaza ni promesa que siviera para retenerlos.

Como ya no debía de faltar mucho para llegar hasta el tesoro, los asociados decidieron continuar sólos. Ellos mismos empuñaron las herramientas y removieron las últimas capas de arena.

Después de tres siglos bajo tierra, los restos del cacique Atauchi volvieron a ver la luz del sol.

enterramiento de época inca

La aparición de aquel esqueleto descarnado avivó la codicia de los presentes; el oro estaba cerca, casi podían olerlo. El ex ministro Cornejo se apresuró a apartar el esqueleto del cacique. Pero en el preciso momento en que le puso sus regordetas manos encima, la tierra emitió un rugido que creció hasta que todo el valle de Locumba tembló de forma horrible. El suelo se agrietó y las casas del pueblo se vinieron abajo. Antes de que la destrucción terminase, un derrumbe tapó para siempre la tumba del cacique y el tesoro.

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Mata Hari, espionaje y romanticismo

Febrero 15, 2008 By: Javier Gomez Category: Espias y espionaje 2 Comments →

El mundo del espionaje siempre ha atraído de un modo especial, quizás por la visión que de los espías nos han vendido en tantas y tantas películas. Sobre todo, James Bond, el agente 007, es el que nos ha hecho ver ese complicado mundillo de un modo mucho más frívolo del que realmente es. Pero también porque la historia de Mata Hari le dio un rumbo mucho más romántico a la vida de todos aquellos que se dedicaron a espiar.

Mata Hari 

Porque espías han habido siempre, en cualquier época y lugar. El mismo Gengis Kan dijo un día: “un buen espía vale tanto como 10.000 soldados”. Y sin embargo, un nombre ha sobresalido por encima de todos, el de Mata Hari, y no precisamente porque se tratara de una buena espía (todo lo contrario), sino más bien por su vida alegre y desenfadada, por su glamour, por la vida que le tocó vivir y disfrutar hasta el último minuto.

Margarita Zelle, su nombre real, nació en Holanda en el año 1876, pero muy pronto quedó huérfana. A los 18 años se casó, gracias a un anuncio de periódico, con Campbell McLeod, un capitán de 39 años, y poco después se marchó a vivir a Indonesia, por aquella época colonia holandesa, donde tuvo dos hijos. Fue el inicio de su carrera como bailarina, porque nada más llegar se vio fascinada por el mundo oriental, y pronto se convirtió en una experta en las danzas del lugar. Tenía tiempo y una vida triste en lo familiar, pues el capitán McLeod era un borracho que la tenía olvidada y además hubo de sufrir la muerte de uno de sus hijos. Con el valor y el arrojo que la caracterizaba, en el año 1902 volvió a Europa, pero se cambió el nombre por el de Mata Hari, que en javanés significaba “ojo del alba”, y allí se dedicó a los bailes exóticos provocativos, pues raro era el espectáculo en el que no acababa desnuda sobre el escenario.

Su fama se extendió por toda Europa, y durante más de 10 años se convirtió en una de las cortesanas más conocidas, pues no tenía problemas para irse a la cama con quien quería, pues pretendientes no le faltaba para ello. De ese modo, conseguía enterarse de muchos secretos de Estado y confidencias personales. Sin embargo, el comienzo de la Primera Guerra Mundial la pilló en Berlín. Y en su cabeza se empezó a formar cierta idea. Tenía tantos secretos de alcoba y tal facilidad para llegar hasta los dormitorios de los altos cargos de todo el mundo que decidió ofrecerle sus servicios a Kraemer, jefe del espionaje alemán.

Matahari 

En 1915, los alemanes enviaron a Mata Hari a Madrid para que realizara tareas de espionaje aprovechándose de sus encantos. Aquellos mismos encantos que la llevaron a compartir cama con lo más granado de la alta sociedad madrileña, como Alvaro de Figueroa, conde de Romanones y por ese entonces presidente del gobierno español; con Enrique Gómez Carrillo, escritor y marido de la cantante Raquel Meller o con Eduardo Dato, entre otros. Sin embargo, sus actuaciones, y su falta de profesionalidad, hicieron que pronto los aliados empezaran a sospechar de ella.

En 1916, Mata Hari volvió a París, pero fue apresada, y acorralada, se ofreció para actuar como agente doble para Francia. Sin embargo, de nuevo su torpeza la traicionó, pues pensó que con esa simple promesa se libraría de la persecución. Ella siguió espiando unicamente para Alemania cuando volvió a Madrid, esta vez bajo el pseudónimo H-21.

De nuevo sus mensajes fueron interceptados, y una vez que volvió a Francia fue arrestada por Ledoux el 13 de febrero de 1917. El 15 de octubre de aquel mismo año de 1917, Mata Hari fue fusilada en Vincennes, pero su glamour llegó a tal punto que justo antes de recibir los tiros, y tras haberse negado a que le taparan los ojos, lanzó un beso provocativo a los soldados que la fusilaban.

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Mesmer y el magnetismo animal

Febrero 13, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Varios No Comments →

La aparición de Franz Anton Mesmer convulsionó los círculos médicos de la Europa de finales del siglo XVIII. Sus revolucionarios métodos terapéuticos, que iban desde pasar las manos sobre el cuerpo del paciente al uso de extrañas cubetas, lograban curaciones que parecían casi milagrosas. A pesar de que había desarrollado una completa teoría con la que apoyar sus procedimientos, el magnetismo animal, Mesmer recibió un rechazo feroz por parte de los guardianes de la medicina oficial, que le tachaban de simple curandero.

sesión mesmérica

Sin embargo, Franz Mesmer creía en la base científica de su método y era un hombre de amplia formación. En 1766 se doctoró en medicina por la Universidad de Viena, y antes había estudiado teología (o filosofía, según algunas fuentes) en Ingolstadt. Casado al poco de doctorarse con una viuda rica, se dice que en su mansión de orillas del Danubio recibía con frecuencia a compositores como Haydn, Gluck o Mozart. Y eso antes de saltar a la fama.

A lo largo de los años 60 y 70, Mesmer desarrolló su teoría del magnetismo animal, la cual recogía una tradición anterior que iba desde Platón hasta Paracelso. En 1766 publica el tratado De planetarum influxu, en el cual intenta demostrar que las fuerzas de atracción de los cuerpos celestes influyen en el sistema nervioso humano. En 1774, tras aplicar imanes en las piernas de una paciente, percibe en ella una importante mejoría. Esto le afianza en la creencia de que en todos los cuerpos astrales y en todos los seres vivos existe un fluido universal, una fuerza relacionada con el magnetismo terrestre aunque no completamente identificable con él que interviene en los fenómenos fisiológicos. Por tanto, actuando de forma adecuada sobre esa energía se podrían curar enfermedades.

Mesmer abandona pronto el uso directo de imanes, y pasa a aplicar directamente sus manos, haciendo pases sobre el cuerpo de los pacientes. Más tarde desarrollará también un sistema de magnetización colectiva mediante una gran cubeta cuyo interior contenía otros recipientes con agua, limaduras de hierro, azufre, imanes y vidrio molido, unidos por alambres. Los pacientes debían hundir en ellos unas varillas de hierro y aplicar el extremo libre sobre sus zonas afectadas.

cubeta de Mesmer

Durante la carrera de Mesmer, sus procedimientos suscitaban siempre la misma secuencia de reacciones: primero atraían el interés de los poderosos, que deseaban ver con sus propios ojos demostraciones prácticas; su éxito le dispensaba entonces el reconocimiento entusiasta de la opinión pública, y finalmente el rechazo de la medicina oficial, con el consiguiente descrédito. Así sucedió primero en Alemania y más tarde en Francia.

En 1775 es invitado por el duque de Baviera a exponer sus métodos en Munich. Allí logra curar al barón Horka de sus espasmos en la faringe, algo que ningún médico había conseguido. Esta y otras sanaciones le proporcionan fama, pero la academia de Berlín reacciona publicando una carta en la que le acusa de cometer fraude. Huyendo de la persecución de sus colegas, en 1778 se traslada a París.

Ya en Francia, publica Memoria sobre el descubrimiento del magnetismo animal, que fue un éxito fulminante y convirtió al magnetismo en la terapéutica de moda. Por su clínica pasaban personajes como La Fayette o Montesquieu, e incluso el rey Luís XVI se interesó por sus técnicas. Pero a mediados de los 80 la Facultad de Medicina logra que se prohíban las sesiones mesméricas. Esto genera una enorme oposición por parte de la opinión pública y de los propios pacientes, lo que obliga al rey a establecer dos comisiones de investigación formadas por los mejores médicos y naturalistas del momento. Sus conclusiones son completamente desfavorables a Mesmer: determinan que no existe ningún fluido universal, que los resultados favorables se deben sólo a la imaginación de los pacientes y que, además, las prácticas del magnetismo son moralmente peligrosas. Desilusionado, Mesmer se retira a Constanza, en donde muere en el año 1815.

Mesmer en acción

Aún hoy no está claro si curaba realmente a sus pacientes, y, en ese caso, hasta qué punto. A pesar del gran número de curaciones atestiguadas, según algunos en su metodología habría mucho de fraude intencionado. Sin embargo, las teorías de Mesmer guardan cierta similitud con la creencia tradicional china acerca del fluir de la energía vital por el cuerpo humano, creencia que está en la base de la acupuntura, que al igual que el mesmerismo intenta actuar sobre esa energía con el objetivo de curar dolencias. No obstante, la explicación más aceptada para las curaciones de Mesmer es que en sus sesiones, siempre celebradas en un entorno tranquilo y a veces con música de fondo, el paciente, debido a los movimientos de las manos del terapeuta, entraba de forma casual en un estado de sugestión cercano al hipnotismo. Esto explicaría en parte porqué muchas de sus curaciones se daban en personas con afecciones de tipo nervioso.

De hecho, uno de los discípulos de Mesmer, el marqués de Puységur, percibió que algunos de sus pacientes se dormían casi por completo cuando les hacía la imposición de manos. Puységur descubría así un fenómeno que se conocería a partir de entonces como “sonambulismo artificial”, hasta que en 1843 el cirujano inglés James Braid sustituyó el término por “hipnotismo”. El verbo “mesmerizar” pasaría a la postre a muchos idiomas precisamente como sinónimo de “hipnotizar”.

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El asesinato de la granja avicola

Febrero 10, 2008 By: Javier Gomez Category: Varios 1 Comment →

Cuando sus miradas se cruzaron, Elsie Cameron cayó rendida al amor de Norman Thorne. Con sólo 22 años, sus problemas depresivos le habían llevado a una vida ermitaña. Era poco atractiva para los hombres y además su caracter la hacía difícil de llevar, pero aquel invierno de 1920 la mirada de Norman la había enamorado.

Aquel joven de sólo 18 años, que sólo vivía para cuidar de sus gallinas en su granja, era sencillo y tímido. Jamás había estado con ninguna mujer y Elsie era su oportunidad de conocer los placeres carnales. Sí, porque sólo eso significaba ella para él. El deseo. La lujuria. Ella le ofrecía la oportunidad de un buen rato de sexo de vez en cuando, pero Elsie quería algo más. Con el tiempo apareció el fuerte caracter de la chica y aquella relación tan aparentemente sencilla y superficial poco a poco se fue complicando. Ella le pidió que se casaran, pero Norman no quería abandonar ni su granja ni sus gallinas. Aquel era su mundo, y si estaban tan bien no veía por qué habían de cambiar.

Crimen en la granja avicola 

Desesperada, Elsie empezó a inventar historias y a forzar la situación presionando al chico. En una carta, ella le contó que estaba embarazada. No era cierto, por supuesto, pero la chica pensaba que aquello sería suficiente para que se casaran. En un pueblo como aquel y a principios de los años 20 nadie permitiría que Norman no se casara con ella estando embarazada. Sin embargo, la contestación del joven una vez más fue devastadora para ella. Le confesó que mantenía relaciones también con Elizabeth Coldicott, de quien se declaraba enamorado. El triángulo amoroso se completaba, mientras un triste destino se abatía sobre los protagonistas.

Desesperada por la posibilidad de perder un matrimonio que ella pensaba sería su única oportunidad de salir adelante, Elsie le perdonó sus infidelidades a Norman y le dijo que se iría a la granja a vivir con él hasta que llegara el momento de que él accediera a casarse con ella. Norman calló, pero en su rostro se dibujó el rictus de la ansiedad. Presionado por la arrolladora personalidad de Elsie, el pusilánime Norman calló.

El 5 de diciembre de 1924, Elsie Cameron cogió el tren en dirección a la granja avícola de Norman Thorne. Nunca más se supo de ella. Cuando el chico fue interrogado por la policía local, declaró que la había estado esperando pero que nunca había aparecido. Se buscó a Elsie por todos lados, se pensó que había sido secuestrada en el trayecto hasta la granja. El 8 de diciembre, el capitán A. Pearse, médium, hizo un dibujo en un folio estando en trance en el que se veía el rostro de la joven mecanógrafa. El médium indicó que la chica había sido asesinada. Poco después, un vecino declaró que había visto llegar a la joven a la granja aquel día 5 de diciembre.

Puesto el caso en manos de los más experimentados investigadores de Scotland Yard, volvieron a interrogar a Norman ante las nuevas pruebas. Sin inmutarse, el joven cambió su versión y dijo que sí, efectivamente, Elsie había llegado a su granja dispuesta a quedarse a vivir allí. Sin embargo, él la rechazó. Salió un momento, pero cuando volvió la encontró colgada de una viga. Se había suicidado, indicó, fríamente. Cuando le preguntaron por el cadáver, Norman Thorne dijo que nadie le creería lo ocurrido así que decidió que lo mejor era enterrarla cristianamente y callar lo sucedido. Sin embargo, la troceó, dejando solamente intacta la cabeza que guardó en una caja de galletas. Luego, todos los pedazos los enterró bajo su granja, entre el estrepitoso escándalo de las gallinas que corrían nerviosas.

La versión cayó por su propio peso. Cuando desenterraron los trozos y recompusieron el cuerpo, los forenses dictaminaron que ninguna cuerda había rodeado su cuello, y que la inflamación que presentaba en la garganta se había hecho con unas manos. Cuando tomaron pruebas de la viga donde supuestamente se había colgado, observaron que la misma tenía polvo acumulado desde hacía meses, por lo que era imposible que allí se hubiera anudado ninguna cuerda.

Tres meses después del asesinato, Norman Thorne fue juzgado. Era el 4 de marzo de 1925. La resolución fue rápida: el jurado lo declaró culpable del asesinato de Elsie Cameron. Apenas un mes después, Norman Thorne fue ejecutado.

Este crimen al que la prensa bautizó como “el asesinato de la granja avícola” se hizo famoso en su época en Londres, y sobre todo, en Sussex de donde eran los protagonistas de esta historia. De todo aquel truculento crimen queda el recuerdo de que en su última cena, Norman Thorne pidió para comer… gallina.

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La maquina de Antiquitera

Febrero 08, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Misterios sin resolver No Comments →

En 1900 un barco griego de pescadores de esponjas fue desviado de su ruta por una tormenta, arribando a la isla de Antiquitera, en cuya costa la tripulación descubrió los restos de una nave romana hundida en el siglo I a.C. Junto a valiosos objetos de cerámica, la bodega del pecio contenía unas extrañas piezas de bronce corroídas por el paso del tiempo, a las que al principio no se prestó demasiada atención. Dos años después, cuando Valerio Stais, director del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, examinaba aquellos pedazos de metal descubrió que eran engranajes pertenecientes a un mecanismo muy complejo; de una complejidad que iba mucho más allá de la capacidad tecnológica tradicionalmente atribuida a los habitantes de la Antigua Grecia.

pieza de la máquina de Antiquitera

La función de la máquina resultaba, en principio, un misterio. Las primeras teorías sugirieron que se trataba de un astrolabio utilizado para la navegación, aunque los más escépticos lo negaban: el objeto pertenecía a una época más reciente y sólo por casualidad había aparecido junto a restos de la Antigüedad Clásica.

Durante los años 50, el respetado físico e historiador de la ciencia Derek J. de Solla Price se volcó en intentar desentrañar los secretos de la máquina. De Solla realizó un minucioso análisis de los 82 fragmentos recuperados, y llegó a reconstruir de forma aproximada lo que había sido la máquina original. Según su teoría, el mecanismo funcionaba como un reloj astronómico capaz de calcular, entre otras cosas, la posición de la luna y los planetas para una fecha determinada, lo cual resulta un hallazgo bastante extraordinario, ya que los primeros relojes astronómicos de ese tipo conocidos hasta entonces databan del siglo XI d.C.

Recientemente, los miembros del Proyecto de Investigación del Mecanismo de Antiquitera (AMRP), formado por empresas como Hewlett-Packard y X-Tek Systems, las universidades de Cardiff, Atenas y Tesalónica, y el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, han continuado los estudios de De Solla Price, utilizando la tecnología más moderna.

máquina de Antiquitera

En 2006 el AMRP hizo públicas las primeras conclusiones de su investigación, que proporcionan una imagen del mecanismo más precisa que la de De Solla Price. Según el nuevo modelo, la máquina estaba construida en madera y bronce, teniendo forma de caja rectangular, con 31’5 cm. de longitud, 19 de anchura y 10 de grosor. En la parte frontal disponía de un disco con agujas, y otros dos en la trasera. Se accionaba mediante una manivela que había que girar hasta que las agujas del dial delantero señalasen los datos del día actual. Los diales de la parte trasera indicaban entonces la posición del sol y la luna en el zodiaco y la fecha según los ciclos astronómicos de Calipo y Saros, utilizado para predecir eclipses. Los investigadores creen que proporcionaba también la posición de los planetas, aunque de esa sección no se ha conservado ningún fragmento significativo. La máquina se completaba con dos tapas (una frontal y otra trasera) en las que había escrita información astronómica e instrucciones de uso.

Hallazgos como el de la máquina de Antiquitera llevan a replantear una parte de nuestra visión de la Historia, y, en cierta manera, parecen socavar esa idea tan occidental de la Historia como un avance siempre progresivo y ascendente hasta llegar a nosotros, culmen de la evolución de la Humanidad. Resulta difícil aceptar que eso no sea así, (y, en cierta manera, inquietante). Tal vez por eso personajes como Erich von Däniken llegan a recurrir a la intervención extraterrestre para explicar estos objetos supuestamente anómalos.

Puerto de Rodas

Sin embargo, para los miembros de la AMRP la respuesta a la máquina de Antiquiteria es menos misteriosa, aunque no por ello menos interesante: simplemente los griegos tenían una tecnología más avanzada de lo que se pensaba. Nada más y nada menos. Después de todo, según nos explican los científicos, la máquina es coherente con las teorías astronómicas de su época, como las formuladas por el genial Hiparco de Nicea (190-120 a.C.), quien pasó parte de su vida en Rodas, ciudad de la que probablemente procedía el barco romano que transportaba la máquina.

Hasta el momento, no se ha encontrado ningún duplicado de esta máquina, aunque los expertos del AMRP opinan que pertenecía a una serie de al menos 10. Pero el bronce era muy valioso y los objetos fabricados con este material se refundían con cierta frecuencia. De hecho, la mayor parte de los artículos de bronce procedentes de la Antigüedad que conservamos han sido recuperados del mar. Teniendo esto en cuenta, ¿quién sabe qué tipo de máquinas pueden estar todavía bajo las aguas esperando a ser encontradas?

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