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un mundo de misterios por descubrir
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Archive for Enero, 2008

La leyenda de Sweeney Todd

Enero 29, 2008 By: Javier Gomez Category: Leyendas No Comments →

Es curioso que hay misterios o leyendas en la Historia que sólo se hacen conocidos cuando son llevados al cine. De la mano de Tim Burton, y con la genial interpretación de Johnny Depp ahora nos llega al cine una nueva adaptación de Sweeney Todd. Sí, pero, ¿cuál es su verdadera historia? ¿dónde comenzó su leyenda? ¿fue un personaje real o ficticio?.

Sweeney Todd

Cuenta la leyenda que

… existió en Londres un oscuro barbero a quien nadie conocía realmente. Oculto en las sempiternas brumas de la Londres del siglo XIX, Benjamín Barker llegó al puerto de la ciudad inglesa tran quince años arrestado por un crimen que no cometió. “No hay otro lugar como Londres para ocultarse“, pensaba, mientras sus pasos se encaminaban al encuentro de su antigua amada esposa Lucy, íntimo y secreto deseo del juez que lo encarceló en extrañas circunstancias, y de su hija Johanna. Pero su dolor y su tragedia no quedaron enterrados con aquellos quince años de penurias presidiarias, pues Lucy, su amada Lucy, se había suicidado poco después de ser apresado, mientras su hija, su niña Johanna, se encontraba bajo la custodia de aquel terrible juez.

Como si de un gótico Conde de Montecristo se tratara, Benjamín Barker, ahora Sweeney Todd, perjeñó su venganza. La rudeza de aquellos años falto de libertad y el dolor de una muerte tan cercana no hizo sino alimentar los odios contra quienes le habían destrozado la vida. Y así, resuelto a que la justicia no fuera de Dios, sino de su propia mano, alquiló la vivienda donde había compartido sus años más felices con su esposa fallecida y su hija, ahora en manos de una ruda mujer, dueña de una pastelería.

Entre engaños y timos, el enloquecido Sweeney Todd ultima su cruel y sangrienta venganza. Instala una barbería, y desde allí comienza su particular carnicería…

Al menos, ésta es la historia que nos venden en la película de Tim Burton. Pero, ¿es cierta?. Realmente de aquella historia de este siniestro personaje no se tiene ninguna constancia fehaciente. Tan sólo aquellas primeras referencias que se hicieron a su figura en el año 1846 en la revista “The people´s periodical” en un relato titulado “The String of Pearls: A Romance” en que ya se mencionaba a un personaje de corte parecido. A partir de aquella primera alocución la leyenda de Sweeney Todd no hizo sino engordar. Pero de todas las teorías e historias que se contaron durante dos siglos, y de las que tan habituados están en su tierra natal, el Reino Unido, siempre se podía sacar un hecho común: siempre se trataba de un barbero, siempre usaba una navaja de afeitar para matar y que su cómplice, la dueña de la pastelería que le alquiló el local, se quedaba con sus víctimas, las cuales desaparecían misteriosamente.

Sweeney Todd

Fueron ingredientes suficientes para que la historia se volviera truculenta. Versiones ha habido y habrá, mientras exista la imaginación humana, muchas más de las que de momento ya se han llevado al cine. Porque se ha especulado con el destino final de las víctimas, aunque según la teoría más apoyada es que éstas acababan como ingredientes de los famosos y sabrosos pasteles de carne de la cómplice de Sweeney Todd.

También se especula con el final de aquel barbero loco, pues según algunos, que incluso se atreven a poner fecha a su final, dicen que Sweeney Todd finalmente fue arrestado en el Old Bailey, juzgado y ahorcado en enero del años 1802 en la localidad de Tyburn, pero tampoco hay documento oficial que confirme aquella detención y juicio. Otro dicen que una vez fue descubierto logró huir a Escocia y que actualmente se encuentra enterrado en el cementerio local de Forres.

¿Quién sabe? Una leyenda más, como otras tantas muchas que existen en Inglaterra, Escocia o Gales, países tan aficionados a los misterios. Una cosa sí me atrevería a afirmar. Probablemente, ahora la calle Fleet se incluya en uno de esos fantasmagóricos recorridos turísticos que se hacen por los lugares de Londres donde se han producido los crímenes conocidos.

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El duende de la calle Fuencarral

Enero 27, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Fantasmas No Comments →

En agosto de 1724 la residencia madrileña de la condesa de Arcos fue escenario de una serie de fenómenos inexplicables que aterrorizaron completamente a sus habitantes. El escritor Diego de Torres Villarroel, encargado por la condesa de investigar los sucesos, se refiere al episodio en una obra titulada Anatomía de lo visible y lo invisible y lo recoge de forma más amplia en su autobiografía, Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras.

Diego de Torres Villarroel

A pesar de que publicaba con frecuencia predicciones astrológicas (algunas de las cuales se cumplían), Torres Villarroel era escéptico en lo concerniente a fantasmas, aparecidos y fuerzas mágicas. Así el día en que el mensajero de la condesa de Arcos va a buscarlo y le habla acerca de estruendos imposibles que sacuden la vivienda de su señora durante la noche, lo primero que piensa Torres es que detrás de los hechos se encuentra algún bromista.

Cuando llega al caserón, encuentra a la condesa y a sus sirvientes al borde de un ataque de nervios. Intenta tranquilizarlos a todos, prometiendo que pasará la noche con ellos en el dormitorio colectivo que han habilitado en un salón de la planta baja, y que saldrá a hacer ronda por el inmueble si se oye algo extraño. Al caer la noche, nobles y plebeyos se acuestan, mientras Torres busca una silla en la que montar guardia.

A la una de la mañana un gran estruendo, seguido de ráfagas de golpes provenientes de la parte de arriba de la casa, despierta a los durmientes. Torres, que también se había quedado dormido, agarra un candelabro de cuatro velas y un espadón oxidado, sale del salón y sube a revisar desvanes y azoteas. Sin embargo, no ve allí ninguna posible causa para los ruidos. Entonces vuelve a oír los golpes y le parece que el sonido viene de un aposento de la planta de abajo. Se dirige hacia allí, iluminándose con su candelabro en la oscuridad de la noche, pero al llegar halla otra vez vacía la habitación. Así pasa las dos horas siguientes, persiguiendo ruidos esquivos de habitación en habitación, sin nunca encontrar nada, hasta que a eso de las tres cesan por fin.

Calle Fuencarral

La misma situación se repite durante otras nueve noches, pero a la décima los fenómenos extraños se intensifican. Otra vez suenan repetidos golpecillos, aterrorizando a los refugiados del salón, y Torres sube a la planta superior. Mientras atraviesa un largo pasillo, se le apagan de forma simultánea las cuatro velas del candelabro, así como dos lámparas fijadas a la pared. Nada más quedar a oscuras, suenan cuatro golpes ensordecedores y en la habitación anterior varios cuadros se desprenden de sus alcayatas y caen al suelo. Torres escapa como puede hacia uno de los patios de abajo.

En Anatomía habla además de puertas que se abren por si mismas estando cerradas con llave, de platos que ruedan solos por la cocina y de intensas ráfagas de viento que soplan en lugares donde no hay ventanas ni puertas abiertas. Tras asistir a este despliegue de prodigios, Torres suplica a la condesa que no le haga rondar más la casa de noche, pues no encuentra ninguna causa natural detrás de lo que sucede y, por tanto, no le parece que se puede hacer nada para evitarlo. La condesa claudica y al día siguiente se muda a otra vivienda, llevando con ella a los criados y también a Torres Villarroel, al que acoge bajo su protección, agradada por su humildad, sus buenas maneras y su actuación durante la crisis.

La casa se alzaba en la calle Fuencarral, pero Torres no nos informa sobre el emplazamiento exacto, por lo que no podemos conocer si aún hoy sigue en pie y si, en ese caso, sus habitantes sufren un sueño tan intranquilo como el de la condesa de Arcos y sus sirvientes.

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Jayne Mansfield pierde la cabeza

Enero 23, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Realidad o Ficcion, Leyendas No Comments →

El 28 de junio de 1967 la actriz Jayne Mansfield falleció junto a su novio Sam Brody y el chofer de ambos al estrellarse el coche en el que viajaban por la autopista 90, entre Biloxi y Nueva Orleans. La relación previa de la actriz con el fundador de la Iglesia de Satán, Antón LaVey, dio lugar a una diabólica leyenda hollywoodiense en la cual resulta imposible separar realidad, chismorreo y manipulación publicitaria. Un personaje brilla con luz (u oscuridad) propia en su trama, y no es otro que Antón Szandor LaVey, inteligente y mefistofélico mago del autobombo que durante los años 60 y 70 convirtió al satanismo en religión frecuentada por la beautiful people.

Anton LaVey

Esta es la historia del pintoresco triángulo amoroso formado una despampanante y torturada actriz interesada en lo sobrenatural, un abogado posesivo y materialista, y un brujo satánico obsesionado con las actrices rubias.

Todo comienza en noviembre de 1966, cuando Jayne Mansfield y Sam Brody visitan la mansión de Antón LaVey en San Francisco. La casa, a la vez templo y estrafalario museo de lo oculto, tenía siempre las puertas abiertas para los visitantes, sobre todo para aquellos que pertenecían al mundo de la farándula y, por tanto, podían reportar publicidad positiva al culto. Según la leyenda, LaVey y Mansfield sintieron una atracción física mutua desde el mismo instante en que ella traspasó el umbral de la mansión.

Jayne Mansfield

Al igual que hacía habitualmente, LaVey mostró a los dos invitados su colección de grimorios, amuletos y reliquias. Podemos imaginar al brujo, ya de por sí aficionado a irónicos despliegues teatrales, haciendo una exhibición de conocimientos esotéricos para impresionar a la actriz; a esta riendo con ingenuidad (fingida) ante los galanteos del satanista; y, en último lugar, a su novio a punto de salirle humo por las orejas.

Como especial deferencia hacia la pareja, el mago les enseñó su altar privado, en donde se alzaban unas velas negras que, según les aseguró, dejaban maldito a cualquiera que las tocara. Sólo podían usarlas sin peligro el diablo o su representante directo sobre la tierra (o sea, él). Brody, quien, celos aparte, consideraba todo lo esotérico pura charlatanería, se había pasado la tarde remachando las explicaciones de LaVey con comentarios burlones. En ese momento, decidió tocarle un poco más las narices encendiendo las velas. Anton LaVey estalló en cólera fría: con voz solemne, predijo al abogado que antes de un año moriría víctima de la maldición, y además en un accidente de tráfico, aprovechando de paso para advertir a la actriz de que lo mejor sería que no viajara más acompañada por él. Con esta tensa escena terminó la primera visita de Jayne Mansfield a la mansión LaVey.

LaVey y Mansfield

Durante los meses siguientes la actriz volvería otras veces, implicándose cada vez más en las actividades de la Iglesia de Satán, para alborozo de LaVey y enfado de Brody. Sin embargo, pequeñas desgracias comenzaron a rondar a la pareja, incluyendo dos accidentes leves de tráfico, como para recordarles que, a pesar de todo, la maldición seguía activa.

Llegamos así a esa autopista 90, entre Biloxi y Nueva Orleans. Es el 28 de junio de 1967, Brody y Mansfield viajan acompañados por los tres hijos de la actriz y un joven chofer. A miles de kilómetros de allí, LaVey está en su despacho recortando una fotografía de periódico en la que aparece él llevando flores a la tumba de Marilyn Monroe. Al volver la página, se da cuenta de que al otro lado hay una foto de Jayne Mansfield, a la que casualmente acaba de cortar la cabeza con las tijeras. En ese preciso instante, el coche en el que viaja Mansfield choca contra un camión estacionado. La colisión es tan brutal que el capó del coche sale disparado hacia atrás, decapitando a la actriz. Sam Brody y el chofer mueren también en el acto, mientras que los tres niños quedan milagrosamente ilesos.

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El poder de la mandrágora

Enero 19, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Varios, Realidad o Ficcion No Comments →

La magia siempre ha estado muy ligada al mundo vegetal, basta con pensar en los druidas saliendo a media noche para cortar muérdago (siempre con una hoz bañada en oro y vestidos de blanco), o en las brujas del medioevo y sus boticas llenas de plantas de nombre sugerente: beleño, belladona, enebro… con las que preparar ungüentos y pociones; brebajes en los que la superstición mágica se mezclaba con la farmacopea empírica.

ra�ces de mandrágora

Otra de esas plantas que no podían faltar en casa de cualquier bruja era la mandrágora. Aunque contiene principios activos que pueden tener un uso medicinal, lo que le otorgó realmente una reputación mágica fue el vago parecido de su raíz con la figura humana. Comerciantes sin escrúpulos acentuaban esta similitud tallándola a cuchillo e incrustando en la supuesta cabeza granos de mijo o cebada, que al germinar y crecer hacían las veces de pelo.

Los compradores llegaban a pagar cantidades considerables por ella debido a que, según la tradición popular, como amuleto poseía innumerables propiedades beneficiosas: traía la felicidad a su poseedor, aumentaba su capacidad de seducción, le hacía capaz de abrir cualquier cerradura… Tenía también propiedades afrodisíacas y volvía fértiles a las mujeres que no podían tener hijos. Se creía que los nigromantes la empleaban para crear con ella homúnculos, pequeños seres artificiales que utilizaban como servidores.

Sin embargo, la recolección de la mandrágora encerraba peligros. En teoría, los mejores ejemplares crecían a partir del semen de los ahorcados, debajo del patíbulo. Había que arrancarla durante las noches de luna llena, atando un extremo de una cuerda a la planta y el otro a un perro negro, que al tirar sacaba la raíz de la tierra. El recolector necesitaba tener las manos libres para taparse con ellas los oídos, ya que, en el momento de abandonar la tierra, la raíz de mandrágora gritaba, y su grito podía enloquecer a quien lo escuchase. O incluso causarle la muerte.

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La leyenda de Sigfrido

Enero 17, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Heroes de Leyenda, Leyendas 2 Comments →

Sigfrido, hijo del rey Sigmund de Niederland y de la bella Siegelinde, escuchó la llamada de la aventura a edad temprana. Siendo apenas un niño abandonó el castillo de sus padres y vagó a través de campos, ríos y bosques, hasta que el enano Mimir lo acogió en su fragua.

Mimir acoge a Sigfrido

Cerca de la casa de Mimir se abría una profunda cueva que conducía al reino de los nibelungos. Estos enanos, expertos en la minería y la orfebrería, poseían un fabuloso tesoro que guardaban en una gran cámara próxima a la superficie. Un dragón llamado Fafnir protegía el tesoro.

Mimir era también un nibelungo, pero odiaba a sus congéneres por haberlo expulsado del reino subterráneo. Cuando vio que Sigfrido tenía valor suficiente para convertirse en un gran héroe, concibió la idea de utilizar al joven como instrumento de venganza. A partir de ese instante comenzó a enseñarle todo lo que sabía y a adiestrarlo en el manejo de las armas, con la esperanza de que algún día venciera al dragón Fafnir, arrebatando a los nibelungos sus riquezas.

Llegó el momento en que Sigfrido estuvo preparado para batir a Fafnir, pero no tenía una espada lo suficientemente resistente como para enfrentarse con garantías a él. Así que Mimir forjó la espada Balmung con los fragmentos de otra que había encontrado en el bosque (y que algunos dicen había fabricado el mismísimo Odín tiempo atrás) y se la entregó a Sigfrido antes de que partiera a combatir con el dragón.

Sigfrido combate a Fafnir

Tras una dura lid, Sigfrido logró clavar la espada en el corazón de la bestia, que murió entre rugidos y coletazos ya inútiles. Cuando el dragón dejó de moverse, Sigfrido se bañó en su sangre aún caliente, pues Mimir le había revelado que si hacía así se volvería invulnerable. Sin embargo, una pequeña hoja de tilo pegada a su espalda dejó un punto en el que la sangre del dragón no llegó a tocar.

La hazaña no calmó la sed de aventuras de Sigfrido, que abandonó la casa del herrero para buscar nuevos desafíos. Del tesoro de los nibelungos sólo se llevó un casco mágico que volvía invisible a quien lo llevara puesto y también, a pesar de los consejos de Mimir, un anillo muy hermoso pero que según una antigua maldición traía la muerte a su dueño.

Pasó a Dinamarca, cuyo rey le obsequió con el caballo Grani, descendiente de Sleipnir, el mítico caballo de ocho patas de Odín, y embarcó en dirección a Islandia. En la isla del hielo encontró un castillo rodeado por un muro de llamas, en cuyo patio una hermosa doncella vestida con cota de malla yacía dormida sobre un escudo. Montado en Grani, Sigfrido saltó por encima de las llamas, y despertó a la joven con un beso. Brunilda, pues así se llamaba la doncella, le contó a Sigfrido su historia: Odín la había castigado, a ella que era una valquiria, a permanecer dormida en aquel castillo hasta que llegase un caballero tan valiente como para cruzar el cerco de fuego.

Sigfrido acompañó a Brunilda durante unos días, pero pronto sintió nostalgia de la casa de sus padres, con quienes hacía tanto tiempo que no estaba, y abandonó Islandia para regresar a la corte de Niederland, en donde fue recibido como un hijo pródigo y como un héroe.

Sin embargo, no permanecería por mucho tiempo en el castillo paterno. A Niederland llegaban noticias acerca de la magnificencia del vecino reino de Burgundia, del valor de su rey Gunther y del vasallo Hagen, y de la hermosura de la hermana del rey, Crimilda. Sigfrido sintió deseos de verlo con sus propios ojos, así que viajó a Burgundia, en donde trabó amistad con el rey y se enamoró de su hermana, siendo correspondido por ella.

Un día llegó a la capital de Burgundia, la ciudad de Worms, un escaldo islandés declamando versos acerca de una princesa de su tierra llamada Brunilda que desafiaba en combate a todo aquel que pretendiera casarse con ella. Hasta aquel momento nadie había pasado la prueba. Inflamada su imaginación por las palabras del escaldo, Gunther quiso ir a Islandia para vencer a Brunilda y tomarla como esposa. Sigfrido sabía que tal empresa excedía la capacidad del rey, así que intentó disuadirlo. No lo logró, y encima Gunther le pidió que lo ayudara en su propósito, algo a lo que Sigfrido se negó en principio, aunque, como el burgundio le ofrecía a cambio la mano de Crimilda, acabó por ceder.

Juntos embarcaron hacia Islandia. En el momento de subir al barco, Sigfrido se puso el casco mágico del tesoro de los nibelungos, que volvía invisible a su portador. De esa manera podría guiar el brazo del rey Gunther durante su pelea con Brunilda sin que esta se diera cuenta. El combate salió como ellos esperaban y, una vez derrotada, Brunilda accedió a marchar a Worms y casarse con Gunther.

Brunilda y Crimilda discuten

La ceremonia se celebró con todo el boato del que la corte burgunda era capaz, pues no sólo se casaba el rey, sino que lo hacía también su hermana. Aunque a partir de ese día Gunther colmó de atenciones a Brunilda, esta no era feliz: su marido no se comportaba como el gallardo héroe que la valquiria esperaba y ella en realidad ardía de celos por Sigfrido. Las discusiones con su cuñada se volvían cada vez más agrias, y en lo más álgido de una de ellas Crimilda le contó la verdad acerca de lo sucedido en Islandia. Brunilda montó en cólera y se marchó de Worms para no volver nunca.

Abandonado y humillado, Gunther culpaba a Sigfrido de la marcha de su esposa. El vasallo Hagen vertía palabras llenas de ponzoña en sus oídos, incitándole a matarlo, pero el rey dudaba, ya que, después de todo, Sigfrido era invencible. Sin embargo, Hagen le convenció de que dejara el asunto en sus manos. Él encontraría el modo.

Su habilidad para manipular el corazón de sus semejantes no tenía par y con medias verdades se ganó rápidamente la confianza de Crimilda. Le confesó que Gunther quería asesinar a su marido, pero añadió que él estaba de parte suya y se encargaría de evitarlo. Ella le reveló entonces que Sigfrido era invulnerable por haberse bañado en la sangre de Fafnir salvo en aquel pequeño punto de la espalda en el que la hoja de tilo había impedido que la sangre tocara su piel. Una vez supo esto, Hagen organizó una cacería durante la que, tras quedarse a solas con Sigfrido, le clavó una daga en la espalda, atravesando su corazón.

Así murió el valiente Sigfrido, hijo de Sigmund y de Siegelinde. Con su muerte se cumplió la maldición del anillo de los nibelungos.

Esta es sólo una entre las múltiples versiones de la leyenda de Sigfrido, cuyo origen se remonta a la época en que los pueblos germánicos y escandinavos regían las tierras del otro lado del Rhin, más allá de la frontera del Imperio Romano.

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Hechizos vudú

Enero 14, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Tradiciones, Realidad o Ficcion, Lugares misteriosos 2 Comments →

El escritor y periodista Lafcadio Hearn fue un inquieto trotamundos. De madre griega y padre irlandés, nació en una de las Islas Jónicas y vivió en Dublín, Gales, Francia, Nueva York, Cincinnati, Nueva Orleans y Martinica, antes de encontrar un hogar en Japón, país del cual acabaría nacionalizándose. Se apasionó por la cultura, las costumbres y las creencias de cada uno de los lugares por los que pasó, y sobre muchos de ellos escribió artículos o volúmenes enteros en los que reflejó la vida cotidiana de sus habitantes con espíritu de antropólogo y alma de literato.

Lafcadio Hearn

Entre los artículos que dedicó a Nueva Orleans, al menos un par versan exclusivamente acerca de la oscura magia vudú. Tras observar que, en la época (finales del XIX) y el lugar en que escribe, el vudú ha dejado de ser una religión para convertirse en una serie de prácticas mágicas, recoge las más difundidas y aceptadas por los vecinos de la ciudad, incluyendo los hechizos más temidos.

Terroríficos resultan los encantamientos que el escritor grecoirlandés agrupa bajo la etiqueta “magia de almohada” y que consisten en causar enfermedades o incluso la muerte de la víctima poniendo ciertos objetos en su almohada sin que se de cuenta, sobre todo si es de plumas. Era creencia extendida en Nueva Orleans que si introduces en la almohada de alguien trozos del ala de un gallo sacrificado u objetos como huesos, pelo, cuerdas trapos, etc., este se pondrá enfermo. Sí la almohada pertenece a un niño y lo que se mete en ella son granos de maíz, el niño no crecerá más. Si pertenece a un adulto, mediante una serie de conjuros secretos, un pájaro monstruoso se formará a partir de las plumas de la almohada, creciendo poco a poco cada noche hasta que se desarrolle por completo. Entonces la persona muere, tal y como sucede en el relato “El almohadón de plumas”, del uruguayo Horacio Quiroga.

Pero las posibles víctimas no han de temer nada si adoptan las medidas adecuadas a tiempo. Para anular estos hechizos, basta con poner unas tijeras abiertas bajo la almohada momentos antes de ir a dormir, o mirar en su interior cada pocos días y, si se encuentra algo sospechoso, espolvorearlo con sal y quemarlo

ceremonia vudú

Otra categoría importante de conjuros estaría formada por los llevados a cabo en las cercanías de la casa de la víctima, generalmente arrojando objetos o sustancias ante su entrada. Una forma de hacerlo sería trazar una línea de aceite frente a la puerta de entrada. Si el dueño de la casa la cruza cae bajo la maldición del vudú. Una variante consiste en esparcir trocitos de hojas secas o simplemente suciedad. Otra, en dejar allí una tinaja llena de aceite con ciertos objetos flotando y una vela encendida. Una vez más, echar sal sobre los objetos empleados en el encantamiento supone una forma de anularlos, aunque no hace falta si tienes una o dos gallinas de una raza especial con plumas rizadas, porque, según la creencia popular, se comen las maldiciones.

Desde el punto de vista de la víctima, está claro que, más allá de que estos conjuros puedan o no tener algún tipo de efecto mágico real, suponen una agresión desagradable. En gran parte porque son anónimos: el afectado encuentra el objeto mágico destinado a hacerle daño, pero no sabe quién se lo ha dejado. La amenaza vudú no tiene rostro. Por eso y por el carácter casual de muchos de los objetos empleados habitualmente, los creyentes en esta forma de vudú pueden caer en la paranoia. Lafcadio Hearn cuenta casos de vecinos suyos convencidos, sin tener la menor prueba que apoyase tal idea, de ser las víctimas de poderosos brujos que conspiraban contra ellos.

barrio francés de Nueva Orleans

La vida en Nueva Orleans a finales del XIX transcurría en un ambiente mágico en el que cualquier elemento cotidiano (desde el vuelo de una mosca a la molestia persistente en un oído) adquiría un significado que iba más allá de lo visible a primera vista. Desde entonces han transcurrido más de cien años y la ciudad ha sufrido vicisitudes diversas, incluyendo desastres casi bíblicos. ¿Siguen vivas allí las prácticas del vudú más allá de los espectáculos de carácter turístico? Si alguna vez visita la hermosa Nueva Orleans, cuando por la noche regrese a su habitación de hotel no olvide echar un vistazo al interior de la almohada. Por si acaso.

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El mito de la caja de Pandora

Enero 13, 2008 By: Carmen Márquez Category: Mitologia, Mitología griega 7 Comments →

Cuando Prometeo osó robar el fuego que portaba el dios Sol en su carro, Zeus entró en estado de cólera y ordenó a los distintos dioses crear una mujer capaz de seducir a cualquier hombre. Hefesto la fabricó con arcilla y le proporcionó formas sugerentes, Atenea la vistió elegante y Hermes le concedió facilidad para seducir y manipular. Entonces Zeus la dotó de vida y la envió a casa de Prometeo.

El mito de Pandora

Allí vivía el benefactor de los mortales junto a su hermano Epimeteo que, a pesar de estar advertido de que Zeus podría utilizar cualquier estrategia para vengarse, aceptó la llegada de Pandora y, enamorándose perdidamente de sus encantos, la tomó por esposa.

Pero Pandora traía algo consigo: una caja que contenía todos los males capaces de contaminar el mundo de desgracias. Junto a ellos venía también la Esperanza, consuelo del que sufre, y todos debían permanecer encerrados en aquella caja. Y es que, por aquel entonces, cuentan que la vida humana no conocía enfermedades, locuras, vicios o pobreza.

Pandora, víctima de su curiosidad, abrió un aciago día la caja y todos los males se escaparon por el mundo, asaltando a su antojo a los desdichados mortales. Asustada cerró la caja de golpe quedando dentro la Esperanza, tan necesaria para superar los malos momentos.

Apresuradamente corrió Pandora hacia los hombres a consolarlos, hablándoles de la Esperanza, a la que siempre podrían acudir pues estaba a buen recaudo.

Este es el conocido como Mito de la caja de Pandora, que forma parte de la mitología griega.

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La leyenda del Rey Arturo

Enero 09, 2008 By: Javier Gomez Category: Realidad o Ficcion, Heroes de Leyenda, Leyendas 5 Comments →

Cuenta la leyenda que:

no hubo rey más justo ni más bueno que Arturo, hijo de Uther, rey de Gran Bretaña, ni caballeros con más altos ideales y honrados de corazón que aquéllos que lo acompañaron en la Tabla Redonda.

Espada de ArturoEra una época de magia, de encantamientos y hechizos. Tiempos de guerra y rituales. Uther Pendragón deseaba perdidamente a Ingraine, la esposa de su mayor enemigo, Gorlois, duque de Cornualles, y para conseguirla cayó en la más indigna de las tretas: logró de Merlín un encantamiento tal, que cuando la duquesa lo vio la confundió con su propio esposo. Aquella misma noche, Uther e Ingraine yacieron juntos, y de aquel encuentro se engendró el que sería el alma más pura y noble que conocieran aquellas tierras.

Pero aquel trato indigno con el mago no sería gratis, pues el fruto de aquella noche habría de ser entregado al propio mago. Así, Arturo fue tomado por Merlín, quien lo entregó a Sir Héctor para que lo criara en la sabiduría y la lealtad.

Las continuas guerras entre Uther y Gorlois no tuvieron fin, y aquel encuentro con el que pretendían supuestamente sellar la paz, no sirvió sino para aumentar las viejas rivalidades. Gran Bretaña, tras la muerte de Uther, teniendo Arturo sólo dos años, cayó en decadencia. La crueldad, la tiranía, la pobreza y la injusticia se apoderaron del país. Y así, pasaron los años, hasta que el propio Merlín predijo que sólo un milagro revelaría el nombre del que habría de ser nuevo rey.

Y ese milagro ocurrió. Un día, no se sabe cómo, en el cementerio del reino apareció una espada clavada en una roca. Rezaba en la piedra:

quien pueda desencajarme de esta piedra será rey de Gran Bretaña

(more…)

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Ver a los muertos, segun el folclore astur

Enero 08, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Tradiciones, Fantasmas No Comments →

En Asturias, aquel que poseía la facultad de ver y comunicarse con los espíritus de los fallecidos recibía el nombre de vedorio. Según la creencia popular, estas personas podían transmitir mensajes entre los vivos y los muertos, eran capaces de predecir futuros entierros y sólo ellos estaban libres de cualquier daño si se cruzaban de noche con la Güestia (o Santa Compaña), la procesión de almas en pena que desfilaban por los caminos portando un hueso encendido como antorcha y repitiendo una y otra vez su advertencia: “Andad de día, que la noche es mía”.

la Guestia o Santa Compaña

Estos médiums tradicionales asturianos no adquirían su don por nacimiento, sino durante el bautismo. Si el cura utilizaba en ese momento la estola negra propia de la liturgia de Jueves Santo o los oleos de ungir a los muertos, extraídos del nogal, el niño crecería con la facultad de ver a los muertos. En algunas zonas, se pensaba además que ese poder podía transmitirse como por contagio: si te cruzabas con el vedorio cuando este regresaba del cementerio y te entregaba algún objeto que hubiera recogido allí, tal vez una piedra de forma curiosa o una flor rara, a la noche siguiente podías encontrarte con una desagradable sorpresa. Debido a este miedo al contagio, los vecinos rehuían su trato, por lo cual se veían obligados a llevar una vida solitaria.

Sin embargo, no sólo los vedorios podían ver a los muertos. Nadie estaba libre de cruzarse con la Güestia, que en ese caso constituía un anuncio de muerte segura. Se libraban de las funestas consecuencias del encuentro los que tuvieran a un amigo o un familiar fallecido entre los componentes de la comitiva espectral, o aquellos con la rapidez suficiente como para dibujar en el suelo un círculo con un pentagrama inscrito y meterse dentro. A veces una persona normal acompañaba a un vedorio y sólo este veía la procesión de las almas, en tales ocasiones, si aquel quería verla también (y quedando impune) sólo tenía que situarse detrás del vedorio y apoyar la barbilla sobre su hombro.

lobo blanco

Cualquiera podía encontrar a un conocido, hierático y taciturno al borde del camino, para al llegar a casa enterarse de que había muerto poco antes lejos de allí. No eran infrecuentes tampoco las historias de apariciones de almas bajo formas humanas o no humanas, por ejemplo como un lobo blanco, o como un perro negro inverosímilmente grande o una serpiente muy larga, o, incluso, bajo forma de raíz de árbol, que regresaban para dar un último mensaje a los vivos y hacer una última petición antes de partir hacia el cielo o el infierno.

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Ponce de León y la Fuente de la Eterna Juventud

Enero 04, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Realidad o Ficcion, Leyendas No Comments →

Juan Ponce de León aún no había cumplido 40 años cuando escuchó hablar por primera vez a los indios del Caribe acerca de una isla, llamada Bímini, en cuyas tierras brotaba un maravilloso manantial que convertía a los viejos en jóvenes. Las historias sobre una fuente con tal propiedad no eran nuevas, circulaban por Europa ya desde tiempos de Herodoto, pero para el hidalgo escucharlas en boca de los indígenas americanos supuso una confirmación de su autenticidad. A fin de cuentas, la mayoría de las leyendas sobre esa fuente la situaban en el Oriente, que era precisamente a donde creía haber llegado Cristobal Colón. Una sola idea obsesionará a Ponce de León desde aquel momento: encontrar la Fuente de la Eterna Juventud.

Ponce de Leon

Ponce de León había nacido aproximadamente en 1470, en la ciudad de Valladolid. Hidalgo bastado y pobre, no le quedó mejor opción que embarcar en busca de fortuna rumbo a América, a donde llegó en 1502, formando parte de la flota del gobernador Nicolás de Ovando. Tras participar en la dominación de la Española (Santo Domingo) y conquistar la isla de San Juan (actual Puerto Rico), obtuvo el poder económico y el prestigio suficientes como para consagrarse a su obsesión.

En 1512 consigue el permiso del rey para buscar la isla de Bímini y su fuente. La expedición parte en febrero de 1513 con tres navíos y avista tierra el 3 de marzo. Ponce cree en un principio haber llegado a Bímini, a la que rebautiza como Florida, hasta darse cuenta finalmente de que no ha descubierto una isla sino una península perteneciente a un territorio más amplio. Para entonces ya no quedará río, arroyo, manantial o pantano de todo Florida en el que no se haya bañado, sin experimentar nunca los efectos milagrosos que vaticinaba la leyenda. En febrero de 1514, la expedición regresa desilusionada a San Juan.

manantial en Florida

A pesar del fracaso, Ponce seguía convencido de que la isla de Bímini se encontraba en algún lugar del mar Caribe. Vuelve a España, y en la corte insiste acerca de esa fuente de la juventud, consiguiendo que el rey lo nombre Adelantado de Bímini y Florida. En 1515 parte de Sevilla con tres naves, que se disgregan más llegar a San Juan. El adelantado no puede mantenerlas bajo sus órdenes: su prestigio, muy debilitado ya por las burlas de los que le acusaban de perseguir quimeras, se ha desvaneció por completo debido a un error durante una escaramuza contra los indios que causó varias bajas en su flota.

En 1521, tras unos años de pleitos, procesos y desgracias personales, Ponce vuelve a partir en busca de la mítica fuente. Toma tierra con su gente y construye un poblado, pero este es atacado por los nativos. Muchos de sus hombres mueren y él mismo recibe una herida de flecha que, a pesar de permitirle regresar vivo a Cuba, al final le acabará causando la muerte. Cuando esto sucede tiene apenas 51 años.          

casco de conquistador

Puede que lo más llamativo de la historia de Ponce de León sea su edad. En la época de su primera expedición tiene aproximadamente 43 años, los cuales parecen pocos como para obsesionarse de tal manera por rejuvenecer. Cierto que el desgaste de los habitantes del siglo XVI era mayor que el de los del XXI, pero incluso entonces 43 constituían sin duda una edad aún lejos de la senectud. De hecho, desde el punto de vista de un anciano, con esos años se es todavía joven. Por cierto, ¿y si este fuera el punto de vista de los informadores indígenas de Ponce? Soñemos: ¿y si la Fuente de la Eterna Juventud existía de verdad y se contaba entre las decenas y decenas de manantiales, ríos y pantanos en los que se bañó, sólo que él no se dio cuenta porque aún era joven?

Paradojas aparte, lo cierto es que Ponce de León consumió los últimos 8 años de su vida en busca de una leyenda. Sin embargo, a pesar de que para sus contemporáneos fue un ingenuo que arruinó su vida por creer en las historias de los indios, su nombre pasó a la Historia como el del primer occidental en descubrir y explorar Florida.     

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