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En las profundidades del Tlalocan

Mayo 13, 2008 By: Ademir Morales Category: Mitología azteca, Mitología

El Tlalocan en la mitología náhuatl era el paraíso del dios de la lluvia, el gran Tlaloc. A este sitio fértil y colmado de verdor arribaban los seres que habían fallecido en algún acontecimiento de cualquier naturaleza, pero relacionado con el agua, por ejemplo los ahogados, o aquellos quienes murieron a consecuencia del contacto fulminante de un rayo.

Era un lugar de sortilegio sobrenatural que se hallaba rumbo al Oriente, región donde abundaban los alimentos, territorios donde los habitantes dichosos, parecían estar siempre en estado de Jauja, saciados y alegres entre danzas y cantos. En un famoso fresco de Teotihuacan, la ciudad sagrada, se representa este lugar de Otredades exquisitas y bienaventuranza sin límites.

Tlalocan1

En el Tlalocan también se recibía a los desdichados que perdían la vida por causa de la terrible enfermedad de la lepra. El Tlalocan es en esencia, un enclave apacible, repleto de vegetación en donde crecen toda clase de árboles frutales, también maíz, chía, frijoles y otras maravillas. La vida allí es plenamente feliz.

Se guardan descripciones de esta divina morada del dios Tlaloc- uno de los más importantes del panteón azteca, junto al Colibrí Zurdo, Huitzilopochtli- gracias a los escritos hechos por el padre Sahagún de testimonios que escuchara en palabras de los propios indígenas mesoamericanos.

Este era el hogar del dios Tlaloc, aquí mora con sus ayudantes, los Tlaloques, geniecillos que se situaban en las cuatro esquinas del mundo y donde se afanan para sostener unos jarros en donde se concentran diferentes tipos de lluvia: las que brindaban prosperas cosechas, las que las malograban, las que generaban heladas, las que producían tormentas, etc. En el instante en el que los Tlaloques chocaban sus recipientes estos generaban los truenos y cuando las impactaban hasta romperlas se suscitaban los pavorosos rayos.

Tlaloc siempre vigilante de esto, con su máscara de anteojos de serpientes entrelazadas, su rostro pintado de amarillo triste, su ropa orlada de gotas de hule, gotas de lluvia en símbolo. Y sus enormes fauces bestiales formando una entrada secreta al inframundo, algo que bien advirtieron los Olmecas en sus representaciones de este numen: la ruta al paraíso también lleva a veces al infierno.

¡Ah! Ve a todas partes.
!Ah¡ Ve, extiéndete en el Poyauhtlan.
Con sonajas de nieblas
es llevado al Tlalocan.

Tomado del himno a Tlaloc. Tlaloc Icuic.

Tlaloc

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Kraken, el fabuloso monstruo marino

Mayo 12, 2008 By: Carmen Márquez Category: Mitologia nordica, Realidad o Ficcion, Misterios sin resolver

“Bajo los truenos de las superficie,
en las honduras del mar abismal,
el Kraken duerme su antiguo, no invadido sueño sin sueños.

Pálidos reflejos se agitan alrededor de su oscura forma;
vastas esponjas de milenario crecimiento y altura
se inflan sobre él, y en lo profundo de la luz enfermiza,
pulpos innumerables y enormes baten
con brazos gigantescos
la verdosa inmovilidad,
desde secretas celdas y grutas maravillosas.

Yace ahí desde siglos, y yacerá,
cebándose dormido de inmensos gusanos marinos
hasta que el fuego del Juicio Final caliente el abismo.

Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles,
rugiendo surgirá y morirá en la superficie”

Este poema de Alfred Lord Tennyson, (1809-1892), poeta inglés que sentía verdadera pasión por las mitología nórdica y las leyendas medievales, nos sirve de introducción para conocer más de cerca al Kraken, criatura gigantesca que, según cuenta dicha mitología nórdica, poseía forma de pulpo o calamar, y que sorprendía y aterrorizaba a los pobres incautos que osaban adentrarse con sus embarcaciones en alta mar, sobre todo frente a las costas de Islandia y Noruega.

Kraken

Cuentan las antiguas crónicas que este animal de grandes dimensiones, (su lomo podía medir hasta dos kilómetros y medio), poseía unos larguísimos y poderosos tentáculos con los que se abrazaba a los barcos y terminaba llevándolos al fondo del mar.

Y es que generalmente no llegaban a advertir su presencia hasta que era demasiado tarde, pues tal era su tamaño que mientras mantenía sus tentáculos ocultos parecía una pequeña isla en medio del mar. Al parecer la único manera de descubrirlos era mirar hacia el fondo del mar, pues entonces se podrían descubrir sus rojos y brillantes rojos traspasando la oscuridad que emanaba desde el fondo marino. Curioso resulta conocer que la única forma que existía de apaciguar su furia era celebrando sobre su superficie, siempre y cuando se le pillara dormido, una misa o acto religioso.

Ya en 1555 el naturalista de origen francés Pierre Belon hablaba en sus libros de un calamar gigante con apariencia monacal del que incluso llegó a realizar un dibujo detallado. El lo llamaba algo así como “monje marino”.

Siglos más tarde, allá por el 1800, otro naturalista de nombre Pierre Denys de Monfort, reconociendo su existencia, lo denominó Kraken al relacionarlo con las islas misteriosas que aparecían y desaparecían, y que eran descritas en la mitología y leyendas nórdicas, pero ya no lo veía tanto como un ser fabuloso, sino más bien como una especie desconocida de cefalópodo de tamaño gigantesco y que son viven en los mares del Norte. Por cierto, en noruego “kraken” significa fabuloso monstruo marino.

Kraken en Los Piratas del Caribe

Hoy en día aún no se puede asegurar nada, ni que no hayan existido ni que sí y que se mantengan aislados del mundo exterior en las profundidades más insoldables del océano, aquellas a las que el hombre y toda su tecnología aún no ha podido llegar.

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El mito de Aracne

Mayo 10, 2008 By: Domingo A. Gómez Gallego Category: Mitología, Mitología griega

Aracne era una joven de la región de Lidia. Había nacido en una casa humilde, pero todo el mundo en Grecia la conocía gracias a su insuperable talento manejando del telar. Sus manos se movían con una precisión inusitada, dando forma a los hermosos motivos que brotaban de su imaginación. Consciente de su maestría, Aracne cometió la temeridad de proclamarse superior a los dioses en el arte de tejer.

Aracne

Estas palabras llegaron a oídos de la diosa Atenea, patrona de hilanderas y tejedoras, quien se enfadó enormemente, pues a los dioses no les gusta que un insignificante mortal se compare con ellos, y mucho menos que se declare superior (aunque lo sea, como en este caso). Atenea adoptó la forma de una anciana y se presentó en el taller de Aracne, dispuesta a hacer que se retractase. Pero la joven lidia se negó y además retó a un duelo de tapices a la mismísima diosa Atenea, estuviera donde estuviese. A Atenea no le quedó otro remedio que descubrir su auténtico rostro y aceptar el desafío.

Una vez sentadas las contendientes frente a sus respectivos telares, la justa dio comienzo. Las manos de las dos se movían como centellas sobre los hilos. Atenea bordaba heroicas escenas protagonizadas por los dioses, mientras que Aracne, desafiante, escogía aquellos episodios en los cuales los habitantes del Olimpo se habían mostrado deshonestos o libidinosos.

Llegó el momento de comparar ambas obras, y entonces quedó claro, incluso para Atenea, que el trabajo de Aracne era muy superior al suyo. La diosa montó en cólera y rasgó el lienzo de su rival. Después la golpeó en la frente. En verdad, el golpe no había sido demasiado fuerte, pero Aracne se asustó y, temiendo su venganza, buscó una soga y se ahorcó de la viga que cruzaba el techo del taller.

atenea y aracne

Compadecida, Atenea la sujetó para que no se ahogase, tras lo cual la maldijo, a ella y a su futura progenie, a colgar de aquella manera y a tejer durante toda su vida. Los brazos y las piernas de Aracne comenzaron entonces a encogerse, mientras que los dedos de sus manos se alargaban. Al mismo tiempo, su cuerpo se hinchó, y una capa de pelo corto y negro la cubrió por completo. La soga se transformó en un hilo de seda que le salía del abdomen. Cuando la transformación terminó, Aracne colgaba del techo convertida en una pequeña araña.

Así termina (o, en cierta manera, comienza) el mito de Aracne, de quien según dicen descienden todas las arañas. La versión más completa es la que incluye Ovidio en las Metamorfosis. Como curiosidad, señalar que la diosa Atenea tal vez sea una adaptación griega de la egipcia Neith, deidad sutilmente asociada a los arácnidos, lo que lleva al aracnólogo Antonio Melic a sugerir que la auténtica araña de esta historia no es otra que la propia Atenea.

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